Con un argumento mínimo, Mike Leigh construye una obra bellísima sobre cuestiones complejísimas: el amor, la enfermedad, la muerte y la resiliencia

Con un argumento tan mínimo, Mike Leigh construye una obra bellísima sobre cuestiones complejísimas: el amor, la amistad, el desgaste del trabajo, la enfermedad, la muerte y la resiliencia

Por Alejandro G. Calvo

Lo prometido es deuda: me he ido a la playa en Donosti después de la misión imposible de intentar grabarme sin que me echen, porque mentiría si dijera que no me lo he pasado requete bien aquí. La vuelta cinco años después al Festival de San Sebastián me ha provocado una extraña mezcla de nostalgia, melancolía y excitación por seguir cubriendo el cine en pantalla grande.

Mike Leigh nació en Inglaterra en 1943 y, a sus 83 años, ha avisado de que esta será su última película. Hablamos de una figura esencial que en los años 80, junto a Ken Loach o Stephen Frears, recuperó el realismo social del Free Cinema de los 60 a través del melodrama y la sátira. Mientras Ken Loach ha estado siempre en la trinchera política y Frears ha tenido una carrera más irregular, Leigh -que viene del teatro y de la televisión de los años 60 y 70- es el cineasta que más énfasis pone en los personajes y en el diálogo. Para mí, es sencillamente el que mejor escribe los diálogos de todos ellos.

Su filmografía es fabulosa. Desde High Hopes, La vida es dulce y esa barbaridad titulada Naked -que consagró a David Thewlis con un monólogo brutal-, hasta su gran éxito comercial y crítico en 1996 con Secretos y mentiras, nominaciones al Oscar incluidas. Leigh siempre se mete en las cocinas de la gente para retratar qué significa amar, qué significa ser padre o hijo y cómo encajar los golpes de la vida, encontrando siempre atisbos de humor que funcionan como salvavidas. Ya fuera con la comedia de Happy-Go-Lucky, con la desesperación Bergmaniana de All or Nothing o con su maravilloso biopic de Turner, su cine siempre ha sido una lección de humanidad.

Una historia bellísima construida con un argumento mínimo

Tender Loving Care sigue esa misma línea. La historia nos presenta a dos amigas de mediana edad, interpretadas por Kate O'Flynn (la ayudante del alcalde un poco chiflada en La maldición de Widows' Bay) y Alice Bailey Johnson. Ambas vuelven a convivir juntas por avatares de la vida. Al ser trabajadoras sociales, se dedican a ayudar a personas con problemas graves. Leigh retrata su labor con un respeto absoluto, sin juicios ni malversación moral, de un modo muy cercano al cine de Ken Loach. Esa faceta profesional conforma la mitad de la peli; la otra mitad la protagonizan los padres del personaje de Kate O'Flynn, una pareja de ancianos cuya cotidianidad se altera cuando él sufre un bajón físico.

Con un argumento tan mínimo, Mike Leigh construye una obra bellísima sobre cuestiones complejísimas: el amor, la amistad, el desgaste del trabajo, la enfermedad, la muerte y la resiliencia. Sin elevar la voz y con mucho humor, transforma la rutina más normal en un poema cinematográfico. Este año reconozco que estoy muy del lado del 'cine de viejos', y Leigh demuestra que con los mínimos elementos se puede retratar la existencia con toda su miseria y extraer muchísima belleza. Creo firmemente que es la película que debería ganar este festival.

Alejandro G. Calvo
-Director de SensaCine
De sangre soriana, nacido en Barcelona en 1978, y residente en Madrid. Crítico de cine desde la adolescencia, llevo 25 años escribiendo sobre películas. Ahora, principalmente, hago videos para el canal de YouTube de SensaCine donde la serie "Cine A Quemarropa" es uno de los mayores hits en la red.
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