Segundo día desde el Festival de Sitges 2026. Alejandro G. Calvo se centra en la película de Adrian Chiarella
Sitges tiene ese ambiente único, con sus carteles, su buena temperatura y una gente maravillosa que siempre te saluda con un cariño enorme por la calle. Llevo ya muchísimos años viniendo a este certamen. Si echo la vista atrás, recuerdo perfectamente estar cubriendo Sitges desde que el mismísimo John Carpenter inauguró el festival con Fantasmas de Marte. Ya son muchos festivales a la espalda, muchísimas horas acumuladas de sueño y una barba que la luz del sol se encarga de remarcarme cada vez más blanca, pero la pasión por estar aquí sigue intacta. De hecho, ayer pasé por el stand de Annexia -que para mí es la mejor tienda de ropa del mundo, con unas camisas increíbles- y me llevo un recuerdo imborrable porque han diseñado una camiseta con mi propia cara; de verdad os digo que fue el día más feliz de mi vida.
Como os prometí al arrancar esta edición, mi planteamiento para este año en Sitges es entrar a ciegas a las salas de cine, dispuesto a descubrir nuevas películas, nuevos directores y dejarme sorprender por lo que nos depare la pantalla. Venimos de ver ya bastantes títulos en estos primeros días. Es verdad que una de las películas más esperadas del festival, El campamento Miasma, ya tuve la oportunidad de verla durante el Festival de Cannes, y aunque esa película me encanta, hoy os tengo que hablar de la que, de momento, se ha convertido en mi película favorita de todo el festival de Sitges.
La película de la que todo el mundo debería estar hablando y que me ha dejado fascinado se titula Leviticus. Se trata del primer largometraje escrito y dirigido por el cineasta australiano nacido en Sídney, Adrian Chiarella. No he logrado encontrar en ninguna parte su fecha exacta de nacimiento, pero por las fotos que he podido ver de él se intuye que es un creador muy joven.
La premisa radica en que el terror más bruto se va a vehicular a través de aquello que más amas
Si tuviera que daros un titular inmediato sobre lo que representa Leviticus, os diría que la película recoge el testimonio de It Follows, la aclamada obra de David Robert Mitchell, de una manera sencillamente perfecta. Ya sabéis de sobra lo muchísimo que me flipa It Follows. Lo que consigue Chiarella en Leviticus es coger ese sentido del terror psicológico tan perturbador y trasladarlo directamente hacia el terreno del horror sobrenatural. Pero además, lo entrelaza con el romance, con una historia de amor profunda y con las relaciones sexuales, abordándolo todo desde una perspectiva que podríamos definir perfectamente como un It Follows queer. Y me parece un titular potentísimo para que entendáis el tipo de experiencia cinematográfica que propone, aunque no quiero que esto suponga una losa de comparación constante para la película, sino una referencia clara de sus coordenadas.
El argumento de Leviticus es verdaderamente potente. La historia nos sitúa en un pueblo caracterizado por un extremismo religioso atroz, donde todos sus habitantes viven bajo una moralidad intransigente. En este entorno, la homosexualidad está profundamente mal vista. La represión llega a tal grado de intolerancia que, cuando los padres descubren que sus hijos son gays o lesbianas, los someten a terapias de conversión impartidas por una especie de cura o pastor chamán con el objetivo de forzarlos a abandonar sus instintos naturales.
Obviamente estamos ante una ficción de terror, pero no puedo evitar reflexionar sobre el hecho de que en el mundo real siga habiendo gente irracional que cree que la orientación sexual o los instintos de una persona se pueden "curar" con terapias; eso no es posible ni ocurre en la realidad. En la película, este chamán despiadado lo que hace realmente es lanzar una maldición terrible sobre estos jóvenes. No os voy a destripar los detalles exactos de cómo opera mecánicamente esta maldición porque tenéis que descubrirla vosotros mismos en la sala, pero la idea central es sencillamente brillante e increíble. La premisa radica en que el terror más bruto, bestia e impactante se va a vehicular precisamente a través de aquello que más amas y de lo que más te importa en la vida. Es un mecanismo de horror impactante que te remueve por dentro.
En el apartado puramente formal, Leviticus ostenta una puesta en escena pasmosa. Aunque su estilo visual difiere del de It Follows, comparte con la película de Mitchell una rigurosidad impecable. Para tratarse de una ópera prima, Adrian Chiarella demuestra una madurez técnica asombrosa, con encuadres y planos perfectamente medidos que demuestran que sabe con absoluta precisión qué quiere mostrar en cada segundo. Es cierto que la película puede acusar alguna pequeña arritmia narrativa durante su último tercio, pero todo lo que se propone en términos de atmósfera y mensaje lo consigue con creces.
Levíticus me parece una obra tremendamente potente, elegante, inteligente y sorprendente. Creo firmemente que va a entusiasmar al público de Sitges y que tiene opciones reales de rascar premio o ganar en el palmarés de este año. Así que, en cuanto tengáis la oportunidad de verla, no lo dudéis ni un segundo.