Muchos seguidores de la serie de Globomedia cortaban antes de tiempo y esto traía de cabeza a los ejecutivos de la cadena... hasta que se les ocurrió una solución
De media, Compañeros llegó a tener un 25% de share. En otras palabras, de cada 100 personas con el televisor encendido a esa hora, 25 estaban viendo la serie. No solo funcionó bien en audiencia. Fue la primera gran serie dramática en horario de máxima audiencia en retratar a la juventud española de finales de los 90 tal y como era: con su lenguaje, sus preocupaciones y sus rutinas diarias.
La serie llevó al prime time temáticas poco tratadas en la ficción nacional de la época, como la primera experiencia sexual, el consumo de drogas, el aborto, los embarazos adolescentes, la anorexia, la homofobia y el acoso escolar. Informaba a los espectadores al mismo tiempo que conectaba con ellos y esto catapultó a Antonio Hortelano, Eva Santolaria, Julián González, Ruth Núñez y Raúl Arévalo a la fama.
"Los chavales de 17 años tienen experiencias que antes solo tenían los adultos": las series de adolescentes han perdido la ingenuidad hasta llegar a 'Élite'A pesar del respaldo del público, Antena 3 notaba un fenómeno curioso: en los minutos finales de cada capítulo la audiencia caía en picado y no sabían bien por qué. Como explica Manuel Feijóo, los ejecutivos se dieron cuenta de que cuando empezaban a salir los créditos de la serie la gente cambiaba de cadena porque pensaban que ya no había nada más que ver. No estaban dispuestos a perder espectadores, así que cambiaron de estrategia y ahí fue donde nació una de las decisiones más surrealistas de la televisión de aquel momento.
Secuencias disparatadas, pero que aportaban algo a la ficción
Como explicó el director y guionista Manuel Ríos San Martín en una entrevista con FormulaTV, al equipo de la serie le inspiró la comedia estadounidense Roseanne, que se permitía hacer epílogos disparatados más allá de su tono de comedia habitual. Así que, aunque la ficción se desarrollaba en un instituto, empezaron a meter escenas sacadas de la Segunda Guerra Mundial o Casablanca.
Podían parecer escenas disparatadas, pero siempre estaban ahí por algún motivo. Una regla fundamental del equipo es que estos epílogos nunca eran gratuitos y siempre debían aportar algo a la trama o explicar de forma simbólica la psicología y relaciones de los personajes.
Por ejemplo, en un capítulo enfocado en impulsar la donación de sangre, el personaje de Lolo -menor de edad- está frustrado porque la ley no le permite donar sangre para salvar a Ana Otero. Para reflejar lo que pasaba por la mente del niño, se ideó un surrealista epílogo de guerra donde Lolo se imaginaba a sí mismo rescatando a su profesora en un arriesgado campo de batalla.
O para dar cierre a un triángulo amoroso entre los personajes de María Garralón, Ramón Barea y Pep Oliva, el equipo ideó un homenaje en blanco y negro a la película Casablanca para explicar y resolver humorísticamente cómo se sentían.
Esta medida que nació para evitar que la gente se fuese antes de tiempo requería un gran despliegue técnico, incluidos efectos prácticos, visuales, vestuario de época, figurantes, armas... A veces el equipo dudaba de que tanto esfuerzo mereciese la pena, pero al final aportaron una seña de identidad a la ficción. A día de hoy, muchos espectadores las siguen recordando y, les gustaran o no, se quedaban hasta el final.