Los dramas de un kaiju
por Tomás Andrés GuerreroTras el histórico éxito de Godzilla Minus One llega su secuela: Godzilla Minus Zero, que busca expandir el universo del mítico monstruo japonés sin desprenderse de sus raíces. Ambientada en un Japón devastado en 1949, la producción se plantea como un segundo capítulo dentro del proyecto de Toho. Aunque la película no consigue alcanzar el tono emocional ni la tensión dramática de su predecesora, es una continuación que destaca por su grano apartado técnico, su tono oscuro y varios momentos de gran espectáculo cinematográfico.
La historia retoma la vida del expiloto Kōichi Shikishima, Noriko y la pequeña Akiko, quienes intentan salir adelante entre los escombros del conflicto bélico. Sin embargo, la aparente estabilidad se ve amenazada por el descubrimiento de que las células regenerativas de Godzilla -que salvaron la vida de Noriko- han comenzado a alterar su organismo. A esta tensión se suma el clima de recelo político hacia las fuerzas militares estadounidenses, marcando un trasfondo donde la desconfianza y el trauma condicionan las decisiones de los protagonistas.
El detonante del caos llega con la irrupción de una nueva entidad: King Ghidorah, un colosal dragón alado de origen extraterrestre cuyo ataque a la ciudad de Matsumoto desencadena el terror en la población. El veterano científico Kanji Murakami, superviviente de Hiroshima y de la anterior embestida en Ginza, personifica el estrés postraumático de una nación sacudida, viendo en la llegada de esta criatura una aterradora pesadilla recurrente de la que resulta imposible escapar.
Un espectáculo sensorial digno de la gran pantalla
En apartado técnico, la película vuelve a hacer gala del talento de Takashi Yamazaki como director y también supervisor de efectos especiales. La puesta en escena adopta constantemente la perspectiva del espectador a pie de calle, enfatizando la sobrecogedora escala de los monstruos. Si hablamos de sonido, el filme resulta igualmente apabullante, gracias al atronador diseño de sonido y a la vibrante partitura de Naoki Satō, que vuelve a integrar con sabio tino los icónicos acordes de la composición original de Akira Ifukube para estremecer la sala.
No obstante, el largometraje tropieza al recargar la narración con un exceso de subtramas y explicaciones científicas. El afán del libreto por enfatizar las deliberaciones del comité de respuesta ante desastres desemboca en interminables escenas de oficina que ralentizan sensiblemente el ritmo de la segunda mitad. Este sobredimensionado melodrama provoca que el propio Godzilla permanezca ausente durante buena parte del metraje, relegando a la estrella principal a un segundo plano que hace mella en la inercia del relato.
Cuando finalmente se produce el esperado duelo directo entre Godzilla y King Ghidorah en el tramo final, el choque resulta vistoso pero algo acelerado y falto del impacto emocional esperado. La combinación de frentes abiertos y la constante interrupción de las acciones de los personajes humanos a pie de campo restan fluidez y contundencia a lo que debería haber sido el clímax definitivo de la función. Uno sale de la sala con la sensación de que ha presenciado una especie de folletín novelesco de más de dos horas con una indiscutible factura técnica.