Una descafeinada sátira de la masculinidad contemporánea
por María GarzónQue una película o serie de televisión coja un tema de actualidad para parodiarlo no es algo nuevo, pero sí arriesgado. Y más cuando se trata de un asunto con tanta controversia en la sociedad como la masculinidad de la vieja escuela y el feminismo. Tras el éxito de Machos alfa, la ficción de Netflix creada por los hermanos Caballero, El último mono enfrenta este choque de ideas para construir una comedia romántica previsible que se queda en un intento de sátira.
Alejandro (Juan Dávila) es un conocido 'influencer' y 'coach' de la llamada "machosfera" con miles de seguidores en redes sociales. Este gurú de la seducción se propone el reto de enamorar en tres días a Mariela (Susana Abaitua), una popular monologuista feminista que se ha convertido en su máxima rival pública. Lo que empieza como un desafío se transforma en un enredo constante entre ambos protagonistas.
Utilizar la famosa "guerra de sexos" como punto de partida en una comedia romántica que, para sorpresa de nadie -y no es un 'spoiler' porque se anticipa desde el tráiler-, acaba con los protagonistas enamorados, no es nuevo. Pero la idea de El último mono de utilizar el choque entre un referente de los denominados "tipos chapados a la antigua" en redes sociales y el feminismo podría haber dado un gran potencial a la trama y al final se siente algo desaprovechada para el que busca algo más que reírse con los chistes del cómico madrileño.
Desde el primer minuto, Joaquín Mazón deja claro que las intenciones de El último mono es entretener y hacer reír a los espectadores sin sentar cátedra. Ni los prejuicios de la masculinidad contemporánea ni el feminismo quedan realmente satirizados: se ríe de todo por igual, sin señalar a nada en concreto, y esto provoca que no termine de funcionar. Parodiar la masculinidad de la vieja escuela y a los gurús de la seducción puede dar mucho juego, al igual que el romance de una feminista con un hombre totalmente opuesto; pero el guion de Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano se queda en algo más simplista: chistes fáciles algo trillados, clichés, situaciones forzadas nada creíbles y 'gags' físicos (como caídas y golpes) con poco sentido.
Susana Abaitua salva 'El último mono'
A este descafeinado guion se le une la poca química entre Juan Dávila y Susana Abaitua. La relación de los protagonistas no resulta creíble, por lo que el conflicto amoroso tampoco funciona. Más que un enamoramiento entre los protagonistas da la sensación que forjan una amistad pese a tener ideales opuestos porque si hay algo que trasmite la película es el buen rollo entre ambos.
A nivel actoral, ambos están muy bien aunque destaca Susana Abaitua. La actriz maneja a la perfección ser el punto dramático de El último mono, aportando la única profundidad emocional real del conjunto. Juan Dávila, que protagoniza su segunda película tras debutar en Divino castigo, mantiene su carisma con el que se dio a conocer en redes sociales y logra sostener muchas escenas que son totalmente exageradas, sorprendiendo así su soltura delante de las cámaras.
Su ritmo ágil, tan solo dura 80 minutos, se agradece porque no sales con la sensación de que te sobran escenas. Este punto a favor también es el motivo por el que no resulta creíble el amor entre los protagonistas al no entender el enamoramiento entre ambos, pasan de enemigos a amantes con un par de miradas. Además, a nivel técnico nada que reprochar: una película bien rodada acorde a sus necesidades.
En definitiva, El último mono es una ligera comedia romántica veraniega: si bien desaprovecha su premisa para quedarse en un intento de sátira de la sociedad moderna con un más que previsible romance, salva los muebles gracias a la actuación impecable de Susana Abaitua y su ritmo ágil. Si el objetivo era el de entretener al espectador, está conseguido. Risas fáciles, pero no es una comedia memorable.