Críticas
2,0
Pasable
El gran Stan: El matón de la prisión

El jabón, cariño

por Gonzalo de Pedro

Cuando un actor decide dirigirse a sí mismo es porque, probablemente, nadie mejor que él mismo conoce las bondades, y limitaciones, de su trabajo. Es quizás el caso de Rob Schneider, que tras una dilatada carrera en el subgénero de la comedia chorra de aires familiares, con algún escarceo fugaz en los aledaños de la nueva comedia americana, decidió tomar las riendas de su carrera dirigiéndose a sí mismo para hacer... lo mismo que hacía bajo las direcciones de otros. Concebida como un espectáculo de lucimiento (¿habrá algún plano en el que no aparezca él mismo?), la película funciona como parodia primero de las películas de artes marciales, y posteriormente del género carcelario. Parodia, que no crítica. En el primer caso se queda a medias, con un David Carradine en piloto automático; en el segundo alcanza algún momento hilarante con el dibujo exagerado de una prisión dividida en bandas extremas, y dirigida por un alcaide corrupto obsesionado con la especulación inmobiliaria. Alguna impagable coreografía termina justificando el vacío general.

Lo mejor: La llegada del protagonista a la prisión, y su plan para que no le den por culo. Literalmente.

Lo peor: Dado que no pretende gran cosa, tampoco se le puede achacar gran cosa.