Críticas
2,5
Regular
El gran showman

El vendedor de ilusiones

por Xavi Sánchez Pons

Una ojeada rápida al consejo de sabios que hay detrás de El gran showman deja clara su condición de producción de Hollywood con pedigrí y con la mirada puesta en la próxima ceremonia de los Premios Óscar; la dupla de Bill Condon (Chicago, Dioses y monstruos) y Jenny Bicks (una de las artífices de Sexo en Nueva York) al guion, el tándem formado por Benj Pasek y Justin Paul (héroes en Broadway y autores del City of Stars de La La Land) en la banda sonora, o un reparto que canta y baila encabezado por Hugh Jackman, Michelle Williams y Rebecca Ferguson. Si a eso se le suma su condición de biopic musical sobre P.T. Barnum, pionero del circo y del show business modernos, y que aúna en su formulación visual tradición y modernidad a lo Moulin Rouge –la película de Baz Luhrmann es constantemente citada aquí, desde los mismos posters promocionales-, se confirma su condición de filme de diseño con presupuesto holgado (84 millones de dólares). Y bien, ¿tiene alma esta cinta diseñada para triunfar? La verdad es que no mucha. Y es que detrás de sus sólidos logros técnicos (diseño de producción y vistosas set pieces musicales), se esconde un biopic del montón que no acaba de aprovechar del todo la controvertida figura de Barnum y que no profundiza en ninguno de los temas que pone sobre la mesa. 

La película de Michael Gracey, que en su debut se postula como un heredero de su compatriota Luhrmann pero sin el atrevimiento, el delirio y los hallazgos visuales de este, utiliza la vida y milagros del personaje protagonista como McGuffin para hablar del sueño americano, las diferencias de clase, la importancia de las ficciones recreativas y de los trucos de barraca de feria en nuestras vidas –a ratos dibuja una interesante analogía con los orígenes del cine. Barnum es descrito como un trasunto de Cecil B. DeMille y William Castle-, y también para realizar un elogio de la diferencia; el famoso empresario norteamericano fue pionero en eso de exhibir en público a fenómenos de la naturaleza, anticipándose más de medio siglo a los Freaks de Tod Browning. Ahora bien, todos esos elementos son un brainstorming deslavazado de ideas, desarrolladas a golpe de subrayados (la historia de amor interracial entre los personajes de Zac Efron y Zendaya), que no logran imponerse en un biopic trillado que sigue la estructura clásica de penurias-auge-caída-arrepentimiento-final feliz

A El gran showman le sobra clasicismo y solemnidad, y le falta sentido del humor y fantasía kitsch. Es más, la cosa solo se pone divertida cuando apuesta por esto último; ver a Williams y Ferguson cantar y sufrir cual Céline Dion en una película de época o a Zendaya haciendo acrobacias en una cuerda como si estuviera en un video de Whitesnake de los ochenta, vale su peso en oro, y quizás justifiquen los ocho euros de entrada. 

A favor: Ver a Hugh Jackman en su salsa: cantando y bailando. 

En contra: Lo desaprovechada que está la vida y milagros de un personaje como el de P. T. Barnum.