Críticas
2,5
Regular
Noé

La Biblia, versión Ultimate

por Gerard Casau

Coincidiendo con el cambio de milenio, Marvel lanzó una nueva serie de cómics bautizada como “Ultimate”, que daba a algunos de sus superhéroes más populares (Spiderman, La Patrulla X, Los Cuatro Fantástico...) una nueva génesis, presumiblemente con la voluntad de actualizar sus mitos y hacerlos más próximos y apetecibles para una nueva generación de lectores.

Por extraños que parezca, el Noé que ha dirigido Darren Aronofsky encuentra cierta afinidad con la filosofía Ultimate, debido a su afán por introducir llamativas variaciones en la historia original. La pregunta que parece hacerse el filme es: “¿Cómo convertir el cine bíblico en un producto atractivo para el público del siglo XXI?”. Y las respuestas a las que llegan el director y su guionista Ari Mendel hacen de Noé, si no una película enteramente lograda, sí al menos un proyecto interesante de analizar.

Siendo su primera superproducción “real” (recordemos lo mucho que sufría La fuente de la vida por plasmar sus ambiciosas visiones en la pantalla), Aronofsky encuentra en la historia de Noé un vehículo óptimo para desplegar un espectáculo fastuoso, en sintonía con todos los relatos post-apocalípticos (aunque en esta ocasión sería más adecuado usar el prefijo “pre-”) que hemos conocido en tiempos recientes. Nada de túnicas ni de personajes venerables en su senectud, pues: lo que encontramos aquí es un puñado de fornidas criaturas, jóvenes y atractivas, aptas para sacar músculo y convertirse en héroes de acción. En este entorno, sospechosamente cercano a Waterworld (o incluso a Mad Max), la simple construcción del arca que debe cobijar del Diluvio Universal a toda criatura que camine, vuele o repte se convertiría en un desperdicio de imágenes potencialmente bombásticas, por lo que el filme opone a Noé (Russell Crowe) y a su familia un antagonista, Tubal-Caín (Ray Winstone), cuya destreza metalúrgica sirve de excusa a losº autores para inventar un villano belicoso, que desprecia a ese Creador que le ha negado la palabra.

En esta primera mitad del filme, Aronofsky se estrella repetidas veces contra su incapacidad de crear imágenes simbólicas, cuya visualización resulta grotesca de puro explícita, pero logra cierto sentido del caos en el fragor de la batalla que, justo cuando comienza el Diluvio, enfrenta a las hordas de Tubal-Caín con Noé y sus aliados: un grupo de ángeles caídos cuyo brillo celestial queda atrapado en un conjunto rocoso, y que toman el nombre de Vigilantes (en realidad, se trata de una aproximación a la figura de los Nefilim desde el prisma del Comepiedras de La historia interminable). Llegados a este punto, la película cierra el círculo que inició Tolkien al tomar elementos del imaginario cristiano para El señor de los anillos, creando una bacanal de lluvia, barro y acero contra acero que podría engrosar perfectamente el metraje de Las dos torres.

Es tras este fragor cuando Noé alcanza cierto grado de gravedad no impostada, convirtiéndose en una sombría película de interiores (El Arca, obviamente). La imagen de Noé y su familia sentados en silencio alrededor de un fuego, mientras en el exterior se oyen los gritos agónicos de la Humanidad condenada (lo que da pie a una estampa que cita de forma explícita la representación que Doré hizo del Diluvio), resulta espeluznante y magnífica en su síntesis de la férrea noción de justicia divina que embarga al protagonista. Convencido de que Dios ha decidido borrar al hombre de la faz de la tierra, Noé quiere asegurarse de que la especie se extinga con sus vástagos, condenándolos a morir en soledad. Por eso, la inesperada noticia del embarazo de la joven Ila (Emma Watson), que porta en su vientre a los retoños de su hijo Sem, lleva al personaje a amenazar con un atroz acto de infanticidio, cometido en nombre de una causa superior.

A partir de este punto, Aronofsky juega inteligentemente con la percepción del fanatismo religioso a ojos del espectador actual, y convierte el filme en un thriller de cámara en alta mar, en el cual la figura de Noé se desplaza de héroe a atormentado psicópata, una presencia extraña amenazadora incluso para su propia familia: las encendidas discusiones con su esposa Nameeh permiten un recital de primeros planos en los que brilla el dolor de Jennifer Connelly. Y aunque el conflicto se resuelve de forma piadosa, con las aguas volviendo a su cauce, la relectura del destino de Noé tras completar su propósito (alcoholizado, patéticamente desnudo y apartado de los suyos), resume eficazmente las semillas de inquietud que la película ha querido desperdigar en este cuento moral que lleva adherida la sombra de una obsesión.

A favor: la expresividad de Jennifer Connelly

En contra: las poco atinadas visiones místicas