Críticas
2,5
Regular
La importancia de llamarse Oscar Wilde

Nos siguen gustando más sus libros

por Carlos Losilla

La literatura y el cine deberían llevarse mejor. Quiero decir que sus relaciones no deberían limitarse a eso que llamamos “adaptaciones”, a esas películas que toman una novela o similar y la traducen a imágenes, aunque muy pocas veces la conviertan en lenguaje fílmico. Ahí caemos en la trampa, hablamos de si el libro era mejor que la película, de que la película no es fiel al libro y otras nimiedades parecidas. Una película no debe ser fiel a nada, excepto a sí misma, de la misma manera que una novela o un poema solo tienen que rendir cuentas a sí mismos, ni siquiera a la realidad de la que proceden. Pues bien, este es el principal defecto de La importancia de llamarse Oscar Wilde, por mucho que no estemos ante una adaptación. El título español ya lo dice todo, en el mal sentido, como también lo hacía el original The Happy Prince, que por lo menos era más sutil: los últimos años de la vida del escritor son contemplados al igual que si se tratara de una de sus obras. Entonces se supone que hay que ser fiel al espíritu de Wilde, como si existiera algo parecido. Y a partir de ahí asistimos a un desfile de tópicos irrisorios, molestos, chirriantes: la homosexualidad del escritor, que por supuesto pesa como una losa en la imagen que proyecta; su condición rebelde, que lo convierte en un indeseable a los ojos de la sociedad de su tiempo; el calvario físico y mental al que parece que debe sucumbir todo artista que se precie… Esta ópera prima del actor Rupert Everett parece ser el testimonio perfecto de que este tipo de películas “literarias” no dejan que pase el tiempo ni que el cine avance, se ofrecen al espectador como un muestrario absurdo de peripecias que ya conocemos, que ya hemos visto mil veces. De vez en cuando comparece una cita, se recita un fragmento de la obra del susodicho y todo parece arreglado: ya hemos cumplido con la cultura, ya podemos irnos tranquilos a casa

Pero hay que ser justos, con todo y con todos, y aquí lo seremos dos veces. Por una parte, hay que decir que Everett intenta desesperadamente escapar a ese olor a moho, a esa claustrofobia del prestigio. En algunas escenas, mueve la cámara como si fuera un alumno aplicado de Lars von Trier, seguramente para liberarse de ese axioma según el cual todos los biopics de escritores del siglo XIX deben filmarse a través de planos fijos y muy bien compuestos. Y por lo general convierte su película en una sucesión de imágenes fugaces, impresionistas, que van de una a otra transformando el tiempo de la película en una negación de la cronología tal como se entiende habitualmente, como si cualquier vida corriera siempre adelante y atrás, del pasado al presente y viceversa. Lástima que los instantes escogidos se entreguen por lo general a un histrionismo por completo injustificado, hagan pensar que el itinerario vital de Wilde no conoció descanso alguno. Y lástima también que la iluminación y la fotografía insistan en la idea de que aquel momento histórico fue visualmente muy bonito –que no bello, eso es otra cosa--, aunque los escritores se vieran obligados a sufrir y sufrir sin descanso. Pero hemos dicho que había que ser justos por dos veces. Por otra parte, pues, aun reconociendo el esfuerzo de Everett por salirse de los cánones, es obligado decir que no lo consigue: el efecto final que revela La importancia de llamarse Oscar Wilde es el de una película a medio camino de todo, que quiere innovar sin conseguirlo, y que nunca se decide a abandonar los caminos más trillados, por mucho que a veces lo parezca.

Yo diría que la mayor virtud del film reside en algo que seguramente debe de ser involuntario. Me refiero al modo en que la interpretación del propio Everett presenta a Wilde como una especie de monstruo afable y cariñoso, una mole que parece desbordarse de sí misma y saltar hacia el espectador, siempre vacilante pero no exenta de una sensibilidad que hace que la acojamos sin ningún rencor, todo lo contrario. Eso convierte la película en un relato de terror que podría haber escrito el propio Wilde, la historia de un pobre tipo cuyo único anhelo es agradar a los demás, amar a los demás, tener éxito en sociedad y, sin embargo, consigue únicamente asustarlos, hasta el punto de meterlo en la cárcel, insultarle, escupirle, humillarle. No importa, pues, que lo que se nos cuenta, en apariencia, sea la decadencia de Wilde, su paso por la prisión, su pobreza extrema, sus contradicciones, el amor que aún siente por su esposa y sus hijos mientras bebe los vientos por un mozalbete presuntuoso, la enfermedad, la muerte… Importa más lo que corre por debajo de estos acontecimientos, que son solo como las ilustraciones de un libro antiguo. Importan las escenas a media luz en una pensión de Nápoles, a la vez horrísonas y grotescas. Importa Everett haciendo lo que sabe hacer, cantando una canción a voz en cuello en una taberna parisina. Importa el modo en que se abalanza sobre sus interlocutores, con el rostro abotargado y el cuerpo vacilante. Importan sus lágrimas en una estación vacía… Pero, a menudo, cuando llegan esos momentos, el espectador ya se ha desentendido de la película, ya lo ha dado todo por perdido. Y ha hecho bien, también hay que decirlo.