Críticas
3,0
Entretenida
El misterio de God's Pocket

Vida de barrio

por Quim Casas

Uno de los personajes importantes de El misterio de God’s Pocket, filme coral pese a que Philip Seymour Hoffman, en su antepenúltima interpretación, gane por goleada a los demás, es el que encarna Richard Jenkins. Se trata de un periodista local, alcoholizado y desencantado, que idea una columna diaria sobre la vida corriente en el barrio de God’s Pocket. El barrio en cuestión pertenece a una ciudad indeterminada y el periodista lleva veinte años escribiendo sobre esa urbe sin miedo a caer en el tópico e, incluso, enfrentarse con los habitantes del destartalado barrio donde acontece la acción. El cronista podría ser el narrador de la historia, pero no es así. El filme no pertenece a nadie: todos son figuras pasajeras de un lugar nada cambiante, ancladas sin remisión a una geografía urbana de la que parecen condenados a no escapar.

Curiosa película alumbrada durante el rodaje de la teleserie Mad Men, de la que puede verse como su reverso anímico, aunque no moral. Nada de los elegantes escenarios de la avenida Madison, los triunfadores publicistas, las casitas adosadas de los suburbios en los primeros años sesenta o el estilo al beber whisky y fumar un cigarrillo. Sin embargo, la espléndida obra de Matthew Weiner está de un modo u otro ahí. Christine Hendricks, una de las grandes presencias de la serie, encarna a uno de los personajes principales de El misterio de God’s Pocket, mientras que el director de la película es John Slattery, quien hace su debut en pantalla grande tras interpretar al publicista Roger Sterling y dirigir cinco episodios de Mad Men

Aquí el uso del alcohol es muy otro. Uno de los escenarios del filme, el bar Hollywood, alberga un par de decenas de personajes desarraigados que se pasan el día bebiendo o buscando jarana. Penumbra, polvo, cansancio y el paso etílico del tiempo. Ahí acostumbra a parar Mick, el personaje encarnado por Seymour Hoffman. Casado con Hendricks, debe pagar el entierro del hijo de esta. Como no tiene dinero, y el que recolectan los solidarios asiduos del bar los pierde en una carrera de caballos, acaba guardando el cadáver del sicótico muchacho en el interior de su camión refrigerado. Pese a ser un melodrama casi naturalista sobre los avatares de un barrio pobre, el filme de Slattery opta en varias partes por un humor negro que hace más patéticas las existencias de sus protagonistas.

Gente en sitios: en bares donde se hace de noche sin haber aprovechado el día, robando camiones de carne, en la funeraria de un enterrador sin escrúpulos que se lía a puñetazos hasta en el funeral... Gente peculiar: una anciana que sin inmutarse dispara su revólver contra dos hampones, el periodista alcoholizado que cada aniversario escribe la misma columna, ladrones de medio pelo… Mosaico variopinto para una película que navega bien entre distintas opciones genéricas, apuntalada en un buen texto, un excelente reparto (Hoffman, Hendricks, Jenkins, John Turturro, Eddie Marsan) y agradable debut tras la cámara del hombre que encarnó uno de los personajes más antipáticos, pero también poliédricos, de aquella serie ya esencial sobre el verdadero fin de la inocencia americana: Slattery fue, quizás, el más representativo de los mad men.

A favor: el tono cambiante del filme, del drama al humor negro, y, claro, la interpretación de Philip Seymour Hoffman.

En contra: personajes y situaciones algo deslavazadas, propio del indie actual.