Críticas
2,5
Regular
Un pliegue en el tiempo (A Wrinkle in Time)

Teseractuando que es gerundio

por Alberto Corona

La primera frase pronunciada en Un pliegue en el tiempo pertenece a Chris Pine, aquí interpretando al doctor Alexander Murry, e interroga a su hija Meg (Storm Reid) sobre qué disco prefiere que ponga: si uno de Van Halen, u otro de Bono. Una consulta bastante atípica que da cuenta tanto de los eclécticos gustos del clan de los Murry como del difícil equilibrio que puede tenderse entre los extremos, siempre en peligro de que la cosa pueda chirriar —al fin y al cabo Van Halen también tuvo una época muy tonta—, pero también de, quién sabe, llegar a lugares desconocidos y exóticos gracias a lo imposible de la dualidad propuesta. Al posible hallazgo en conciliar lo irreconciliable.

Madeleine L’Engle fue rechazada por hasta treinta editoriales antes de conseguir publicar la novela en que se basa lo nuevo de Ava DuVernay. La autora estadounidense siempre achacó esta dificultad a que su propuesta era “demasiado diferente”. Corriendo el año 1962, cuando aún estaban recientes los éxitos de ventas de C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien, ya tenía mérito la cosa, pero es que es cierto que Un pliegue en el tiempo se articula en base a polos opuestos y enfoques radicales, arraigados en la propia y fascinante personalidad de la autora. L’Engle estuvo interesada durante toda su vida en el progreso científico, mientras que con total alegría profesaba una fe religiosa, episcopaliana, que abogaba por la salvación universal y se lo jugaba todo a un amor de Dios presuntamente infinito. La saga Young adult con la que conocería el éxito, así las cosas, se adscribiría a una loquísima mezcla de fantasía pura y ciencia ficción cuántica. Y así las cosas, sería atacada tanto por los sectores seculares como por los más católicos, no dejando a nadie especialmente contento. Con la excepción, claro, de los niños.

Su segunda adaptación al cine, tras una modesta producción para TV emitida en 2003, no consigue zafarse de esta esquizofrenia elemental, pero ése es el menor de sus problemas. El guión escrito por Jennifer Lee abraza con valentía la complejidad de la propuesta, y nada mejor para ello que valerse de recursos a lo Christopher Nolan —tanto en lo que se refiere a cargar las tintas dramáticas, como a la utilización de la papiroflexia en pos de explicar complejos fenómenos físicos—, pero por el camino se olvida de cómo conseguir que la narración fluya mínimamente, y ésta al final acaba teniendo la misma lógica que un viaje de LSD. De un mal viaje de LSD, hay que matizar, donde se mezcla el tedio con la angustia, los sudores fríos con los ojos vidriosos, y las transiciones a cámara lenta con trasuntos de videoclips de Disney Channel. Y no, aquí no hay espacio para la carcajada, porque se está contando algo mucho más grande que la vida, que transgrede las leyes divinas y espaciotemporales, y yo qué sé qué más.

Sorprende el arrojo con el que Disney se ha tirado a una piscina tan bizarra, asimismo, y casi se podría aplaudir tímidamente antes de regresar a ese desfile de actores y actrices de postín sin atinar a diferenciar quién está más horrible: probablemente Oprah, con esas cejas de purpurina y esos trucajes con reminiscencias a la también muy lisérgica Dioses de Egipto. Nada debería ser tomado muy en serio en este pastiche de CGI post-Alicia a través del espejo, pero todo es así tomado, y resulta especialmente doloroso cuando cada vez que alguien utiliza el verbo “teseractuar” —que son muchas—, no obtenemos ninguna réplica jocosa a cambio, ni el más mínimo rictus en las mandíbulas aguantando una risa floja que le libere por unos segundos de esta seriedad de pesadilla.

La película de Ava DuVernay, que nos exhorta a dejarnos llevar por nuestro yo más infantil —como si la más inmediata reacción de éste no fuera huir despavorido—, funciona sin embargo en aquellas puntuales ocasiones donde la puesta en escena se empeña en causarnos más inquietud que confusión, y nos concede dos secuencias tan poderosas como la que acontece en un barrio residencial de los años 50, y posteriormente en una playa atestada de gente con Michael Peña como guía turístico. Ahí, como luego sucede en un clímax conducido por la emoción y las interpretaciones de Reid y un Deric McCabe pletórico, es donde podemos atisbar la verdadera lástima que supone toda Un pliegue en el tiempo. Una historia con valores mucho más aplaudibles y arriesgados que los de apuestas antediluvianas como El señor de los anillos o Narnia, sepultados bajo toneladas de color y lacerantes errores de cálculo que sofocan cualquier mínimo acierto. Que los hay, pero quién va a recordarlos si aún le dura la resaca.

A favor: La vuelta de tuerca que se le da al 'bullying', no especialmente original pero sí muy agradecida en medio de todo el percal.

En contra: El tratamiento insufriblemente naíf de las relaciones humanas.