Críticas
4,0
Muy buena
Cold War

Los tránsitos cinéfilos del amor

por Violeta Kovacsics

En la escena más bella de Cold War, Zula, una cantante polonesa en París, baila en un bar: su pelo se alborota, y los destellos rubios brillan bajo las luces del local nocturno. Emigrada por amor, Zula se suelta, harta quizá de un mundo –el del oeste– que no es el suyo sino el de su amado. Su cuerpo pasa entonces de las manos de un hombre a otro, hasta que, finalmente, ella se encarama hasta lo alto de una barra. Ella espera, quizá, que el movimiento sirva de distensión, que la libere de la pesadumbre emocional. No es casual que el bar en el que Zula se desfoga al ritmo de la música llame El eclipse, título de aquella película de Antonioni con Monica Vitti: como El eclipse, Cold War versa en torno a la incomunicación y las distancias afectivas; y como Vitti, Joanna Kulig, la actriz que interpreta a Zula, encarna a una mujer en crisis. Como Liv Ullman y Gena Rowlands, Vitti interpretó de manera extraordinaria a esta figura esencial del cine moderno, la de la mujer en crisis, incómoda con su vida, con el romance y con la propia narración; una figura que redefinía también las maneras de filmar el cuerpo de la actriz, justo lo más destacable de la escena en el bar El eclipse.

La crisis de Zula corresponde a una herida emocional, pero también a una herida causada por los propios tiempos que le toca vivir: desde 1949 hasta mediados de los sesenta, época en la que el director, Pawel Pawlikowski, comprime el romance entre la bailarina y un músico y compositor. Más allá de los surcos del amor, es interesante contemplar el tránsito de ese período, en el que la distancia entre el este y el oeste europeos se va acentuando, en la que el la música folklórica da paso a la propaganda, en la que, luego, irá irrumpiendo la libertad del jazz.

Pawlikowski filma estos cambios históricos a golpe de elipsis: primero, vemos cómo se despliega una pancarta de Stalin detrás de un escenario; luego, cómo los pañuelos y las faldas de flores dan paso al uniforme de carácter militar. Ante tremendo espectáculo, la directora de la compañía de baile, que está entre el público, se levanta y se va. El gesto, visual, simple y contundente, define perfectamente aquellos tiempos.

Esto sucede en la primera mitad de la película, quizá los pasajes más interesantes, cuando las directrices del guion no son tan férreas como en la parte final, que gira en exceso en torno a las idas y venidas de la pareja protagonista.