Críticas
2,5
Regular
Mother Mary

Espiritismo con Lady Gaga

por Tomás Andrés Guerrero

El director David Lowery regresa a la gran pantalla con Mother Mary, una ambiciosa ópera pop-rock que se sitúa en un término medio: es una experiencia cinematográfica estéticamente deslumbrante, pero narrativamente insatisfactoria. La película utiliza el caótico universo de una superestrella de la música como un lienzo para explorar la desgastante vida interior de un artista y los sacrificios que exige su rutina. Sin embargo, lo que se comienza un retrato dramático sumamente magnético termina por quedarse a medio camino. Aunque sus elementos visuales e interpretativos son incuestionables, la película no logra convencer por completo debido a una preocupante falta de solidez en su tramo final.

El punto más fuerte del filme es la extraordinaria atmósfera generada por David Lowery. Fiel a su introspectivo estilo, el realizador de El Caballero Verde y A Ghost Story envuelve la producción en un clima de tensión lúgubre y misterio que remite directamente al romanticismo oscuro de Edgar Allan Poe. Al confinar la mayor parte de la acción en el lujoso pero aislado estudio de diseño de la campiña inglesa donde se reúnen las protagonistas, Lowery construye un espacio teatral de intensidad asfixiante. Cada rincón del taller parece cargado de una pesadez psicológica casi palpable, donde los silencios pesan tanto como las palabras y el entorno rural actúa como un limbo aislado del resto del mundo.

Este entorno atmosférico se complementa con una factura estética y visualmente deslumbrante. Cada plano de Mother Mary es una delicia de diseño y composición visual, donde la fotografía captura con maestría tanto el brillo dorado y cegador de los escenarios de conciertos como la penumbra íntima del taller de costura. Aunque no se trata de un musical convencional, la banda sonora es colosal, integrando canciones originales compuestas por figuras del pop actual como Charli XCX, Jack Antonoff y FKA Twigs.

¿El vestido del más allá?

Es precisamente en la confección del vestuario donde la película intenta tejer su metáfora más arriesgada: utilizando el vestido como eje del relato en clave de terror psicológico. La crisis inicial de Mary por su atuendo de concierto desencadena la trama y la lleva a buscar a Sam, pero pronto esa obsesión y los traumas del pasado toman la forma física de un espectro ligado a una tela roja. Es imposible no pensar en cómo el director británico Peter Strickland ya hizo algo muy parecido -y con mucho mejor pulso- en In Fabric. Mientras Strickland lograba que una prenda de vestir fuera un vehículo de terror atmosférico perturbador, hipnótico y perverso, en Mother Mary la presencia espectral y la tela roja se sienten como recursos difusos que estancan la tensión.

Como consecuencia de este giro experimental, el mensaje central de la película queda profundamente difuminado. Al sumergirse de lleno en metáforas descontroladas y simbolismos, y es cuando el filme empieza a acumular preguntas sin ofrecer respuestas emocionales ni dramáticas. Lowery opta por clausurar la claridad narrativa, obligando al espectador a presenciar una serie de idas y venidas de corte surrealista donde se vuelve imposible distinguir qué es real, qué es un delirio de culpa y qué es pura alegoría. Al final, las reflexiones sobre el sacrificio artístico, la fama y el perdón mutuo se diluyen en un rompecabezas intelectual frío y cerrado sobre sí mismo.

Mother Mary se queda a las puertas de la genialidad por su propia ambición desmedida. Es una obra que merece la pena verse gracias a la sobrecogedora atmósfera que plantea su director, la belleza plástica de sus imágenes y el titánico duelo interpretativo de una Anne Hathaway y una Michaela Coel en estado de gracia. No obstante, las notorias carencias de su segunda mitad impiden que el clímax emocional termine de florecer. Quienes busquen un deleite visual y sonoro encontrarán aquí grandes alicientes, pero quienes esperen un drama humano cohesionado e inteligible saldrán del cine con la sensación de haber contemplado un envoltorio magnífico para un regalo que nunca terminó de abrirse.