Críticas
4,0
Muy buena
Send Help (Enviad ayuda)

Cómo acabar con tu jefe

por Tomás Andrés Guerrero

Send Help (Enviad ayuda) es una de esas películas que, bajo una premisa aparentemente sencilla, esconde un terreno perfecto para que un director como Sam Raimi despliegue todas sus armas. Dos supervivientes atrapados en una isla desierta tras un accidente aéreo podrían haber dado lugar a un drama sostentado en la resistencia física y emocional. Pero el realizador opta por algo mucho más estimulante: convertir la lucha por la vida en una especie de juego macabro donde conviven el humor negro, la violencia exagerada y una comedia física tan incómoda como desternillante.

Desde sus primeros compases, la película deja claro que no le interesa ser lo más realista posible. La supervivencia sucia, torpe, dolorosa, se torna muchas veces en momentos de lo más hilarante. Cada intento de conseguir comida, agua o refugio se transforma en un pequeño espectáculo de caos y alguna que otra carcajada. Raimi rueda estos momentos con un pulso que mezcla suspense y un gusto casi infantil por lo grotesco. Hay heridas, hay desesperación, hay peligro real, pero también hay una comicidad negrísima que brota precisamente de lo inapropiado de reírse cuando nadie debería hacerlo.

Una reina de la isla llamada Rachel McAdams

En el centro de este naufragio emocional y físico está Rachel McAdams, que construye un personaje mucho más rico de lo que su punto de partida sugiere. Su Linda comienza siendo casi invisible: una mujer dulce, contenida, atrapada en una relación laboral que la minimiza. McAdams la dota de una ternura muy reconocible, cercana, que conecta rápido con el espectador. Pero Send Help es, en buena medida, el relato de su mutación. A medida que la isla impone sus reglas, esa suavidad se agrieta y deja paso a algo mucho más imprevisible. McAdams se permite volverse feroz, sarcástica, deslenguada, incluso inquietante por momentos. Lo fascinante es cómo transita ese camino sin romper nunca el tono: su evolución resulta tan divertida como perturbadora, y demuestra una capacidad enorme para moverse entre la comedia física, el drama y un cierto aire siniestro que enriquece cada escena.

Aunque Raimi no sea el autor del guion (es obra de Mark Swift y Damian Shannon), su presencia se tras las cámaras es más que palpablepercibe constantemente. En los movimientos de cámara nerviosos, en el gusto por los golpes secos de montaje, en la manera de convertir lo desagradable en espectáculo. Hay momentos gore que rozan lo caricaturesco y situaciones de 'slapstick' que podrían encajar perfectamente en su filmografía más desatada. Raimi parece divertirse trasladando su imaginario al terreno de la aventura de supervivencia, acercando la película a títulos como Arrástrame al infierno o Terroríficamente muertos, aunque en un plano distinto, centrado en la fricción entre personajes.

Los roces entre los dos protagonistas, como jefe déspota y trabajadora frustrada es clave. Send Help no solo va de sobrevivir a la naturaleza, sino de sobrevivirse mutuamente. La isla funciona como un microscopio que agranda inseguridades, rencores y deseos de control. En ese sentido, es fácil detectar ecos de otros relatos recientes sobre jerarquías que se descomponen en entornos extremos. Esta familiaridad puede generar una leve sensación de 'déjà vu', como si algunas dinámicas ya las hubiéramos visto antes (por momentos recuerda al tramo final de El triángulo de la tristeza de Ruben Östlund).

Donde la película sí parece perder algo de filo es en su duración. Superados los 90 minutos, hay pasajes que se estiran más de lo necesario y situaciones que podrían haberse resuelto con mayor concisión. Parte de su fuerza reside en el impacto de sus ideas visuales y en la sorpresa constante, y un metraje más comprimido probablemente habría concentrado mejor esa energía. Aun así, incluso en sus tramos más largos, Send Help mantiene una vitalidad que impide que se vuelva plomiza: siempre hay una nueva variación, un nuevo estallido de humor oscuro o una nueva humillación física esperando a la vuelta de la escena.

Estamos, al fin y al cabo, ante un producto muy fiel al espíritu de Sam Raimi: una película que abraza lo grotesco, se ríe de la desgracia y convierte la supervivencia en un circo cruel y divertidísimo. Apoyada en una Rachel McAdams sorprendentemente camaleónica y en una puesta en escena que no teme ensuciarse las manos, la película se mueve entre lo tierno y lo salvaje con una ligereza envidiable. Es una de las cintas más gamberras y disfrutables dentro del cine de supervivencia reciente.