Críticas
3,5
Buena
Torrente presidente

Candidata a romper la taquilla y alguna que otra mandibula

por Tomás Andrés Guerrero

Hay algo casi quijotesco en el regreso de Santiago Segura a su criatura más icónica 12 años después. Con Torrente presidente, el cineasta no solo resucita a su casposo antihéroe, sino que lo lanza al territorio más absurdo posible: la política nacional. El resultado es algo irregular, excesivo por momentos, pero también sorprendentemente efectivo y tronchante. Y, sobre todo, es la mejor entrega desde Torrente 2: Misión en Marbella.

Uno de los aspectos más llamativos del estreno ha sido su insólita campaña de "no promoción". En un panorama saturado de avances, entrevistas y sobreexposición mediática, Segura optó por lo contrario: reducir el ruido al mínimo y dejar que el fenómeno Torrente se defendiera por sí mismo. La jugada, lejos de ser suicida, ha resultado brillante. La expectación se ha canalizado a través del boca a boca y la nostalgia, generando una curiosidad que ha impulsado a los espectadores a volver a las salas. Un 'boomer' generando lo que llaman 'FOMO' como nadie lo ha conseguido antes en el cine patrio, ¿quién lo diría?

Y es que, pese a su envoltorio grosero y políticamente incorrecto, la saga siempre ha tenido una raíz más clásica que aparenta. Aquí se percibe con claridad la herencia de Luis García Berlanga y Ozores: ese gusto por el caos coral, la sátira social desbordada y la caricatura de las instituciones. Torrente presidente recoge ese testigo y lo adapta a una España contemporánea donde el disparate político parece competir con la ficción. La película funciona mejor cuando abraza esa dimensión berlanguiana/ozoriana, que cuando el chiste trasciende lo escatológico y el trazo grueso.

Por supuesto, no faltan los ingredientes habituales que los fans esperan: una lluvia constante de cameos -rostros conocidos que aparecen y desaparecen con rapidez- y el regreso de personajes emblemáticos que conectan directamente con la memoria colectiva del espectador. Este juego de reconocimientos no es solo 'fan service'; también contribuye a esa sensación de universo compartido que la saga ha ido construyendo durante décadas.

Sin embargo, como viene siendo habitual en las últimas entregas de la franquicia, la película acusa un claro exceso de metraje. Hay tramos donde el ritmo se resiente, donde algunos gags se estiran más de lo necesario, las situaciones se alargan sin mucho sentido aparente, o simplemente no encuentran el remate adecuado. Y ahí emerge una de las grandes dificultades de la comedia: escribir chistes que funcionen, que encajen en la narrativa sin romperla y que mantengan la frescura. No todos lo logran aquí, aunque el balance general es positivo.

Con todo, hay algo que juega decisivamente a su favor: Torrente presidente es una película para ver en cine. En tiempos de consumo individualizado, la comedia encuentra su sentido pleno en la experiencia compartida. Las risas contagiosas, las reacciones del público, ese murmullo colectivo que convierte cada 'gag' en un pequeño evento… pocas cosas recuerdan mejor por qué seguimos yendo a una sala, que este tipo de 'películas evento' y si es para sacarnos una sonrisa, mejor.

El respaldo del público no deja lugar a dudas: la cinta ha rozado ya los ocho millones de euros de recaudación en sus primeros días, situándose como el cuarto mejor estreno español de la historia reciente. Un éxito que confirma que Torrente, pese a todo, sigue teniendo pulso en la taquilla. No es una obra redonda, ni pretende serlo. Pero dentro de su caos, de su incorrección y de su irregularidad, Torrente presidente demuestra que aún queda gasolina en la saga.