Padres e hijas
por Andrea ZamoraEra Liv Ullmann, actriz y musa de Ingmar Bergman, la que decía que cuanto más se acerca la cámara, más hay que quitarse la máscara. El ser querido empieza así: con una cámara bien cerca de la cara de los dos protagonistas, un padre y una hija que se reencuentran por primera vez en más de una década. En el duelo entre Javier Bardem y Victoria Luengo no hay máscaras. No en su interpretación. Lo de sus personajes ya es otro tema porque en sus máscaras, las de Esteban y Emilia, está todo lo que es El ser querido.
Esteban y Emilia son padre e hija. También son un director de Oscar y una actriz en horas bajas. Esteban y Emilia comparten las maldiciones del legado familiar, pero también habitan sus propias verdades, inseguridades, traumas, ansiedades y problemas. El ser querido es un acercamiento, una conversación, pero también una película del cine dentro del cine y de cómo la ficción se refleja en la vida real. Esteban y Emilia, en su reencuentro, se ven como lo que son, como lo que desconocen, como lo que les hace semejantes y como lo que son dentro de un rodaje. Él quiere que ella interprete uno de los personajes de su nueva película, una que se ambienta en los años 30 en el Sáhara, cuando era una colonia española. El ser querido es también una historia de abandono. El de un padre a una hija y el de un país a un pueblo.
En una bella, pero triste danza, Esteban y Emilia intentan recuperarse. Y lo hacen usando la película que están rodando como catarsis. Hay momentos de ternura y ayuda, pero también de abuso de poder, de enfrentamiento y de soledad. Si la primera secuencia de El ser querido es la materialización de la firma de Sorogoyen y la guionista Isabel Peña, esa que convierte una simple conversación en una de las cosas más apasionantes que pueden verse en una pantalla, hay otra, a medio camino de película, que es donde explota la tensión y los pasados. Se trata de una secuencia en la que todo sale mal cuando se rueda una escena y que, en un continuo aumento de violencia y presión, convierte a Esteban en lo que es: un hombre que se extralimita y que no soporta que le contradigan, pero también en un padre dando una reprimenda. Emilia también da un golpe en la mesa: es una hija plantando cara a la agresividad de un padre. Es ahí, en ese momento, cuando El ser querido vuelve a mostrar el poder de sus elementos: guion, dirección y actuación.
Esta es también una película que juega con lo que compone a una película: el formato, la música y el sonido. Hay momentos en blanco y negro cuando los personajes observan la verdad, hay una banda sonora que sirve para que un padre contemple a su hija y hay una secuencia sin sonido para examinar lo que está pasando en pantalla.
La mezcolanza de formatos no siempre funciona y, a veces, parece un batiburrillo visual. Eso, por poner una pega, porque El ser querido gana en su sutileza de miradas y gestos. Como la cara de Esteban cuando una mujer, en una cena, pone en entredicho la pelea que tuvo con un actor en el pasado. Como cuando Emilia ve, como si fuera por una grieta prohibida en el mundo, a su padre con sus hijos, los que no ha abandonado. O como cuando él mira, entre las sombras, a su hija contando una anécdota de una vida que desconoce. Porque Esteban y Emilia son unos desconocidos que comparten un pasado lejano que no es el mismo. El ser querido es una película que explora y profundiza toda la complejidad del verbo "ver".
La película de Sorogoyen es un alarde de lo que él puede hacer como director, Peña como guionista y Luengo y Bardem como actores. Una combinación descomunal. El ser querido es una historia dolorosa y real contada e interpretada con una belleza de esas que arden.