Críticas
3,5
Buena
Mi querida señorita

Llamar a las cosas por su nombre

por Andrea Zamora

En Mi querida señorita (1972) de Jaime de Armiñán hay una cosa que nunca se dice: lo que es el personaje de José Luis López Vázquez. La película tiene en su centro a Adela/Juan, una persona intersexual, pero deja al espectador igual que a su protagonista en su arranque: en la ignorancia de su verdadero ser. Eso, que ya era bastante moderno para su época, fue hace 52 años. Ahora estamos en 2026 y las cosas, ya sabemos, hay que llamarlas por su nombre porque si no, no existen. Así que la nueva Mi querida señorita de Fernando González Molina se ha ganado el adjetivo de "necesaria" antes incluso de que se estrene.

Molina dirige, Alana S. Portero firma el guion y Javier Calvo y Javier Ambrossi son los productores. A este plantel hay que añadir que la actriz protagonista es una persona intersex y que esa palabra se dice en voz alta en el filme. La nueva Mi querida señorita es una historia preciosa no solo porque muestra con respeto una realidad, sino porque nos obliga como espectadores a reconocer nuestra ignorancia y de que el mundo es algo mucho más grande y complejo de lo que ya pensamos. Y eso, ya sea por un viaje a la Luna o por una película que representa algo infrarepresentado, siempre es bonito.

Mi querida señorita sigue a Ade, una persona nacida en Pamplona y a la que sus padres han ocultado desde bebé lo que es: una persona que nació con características sexuales que no encajan en las definiciones típicas de masculino o femenino. Ade habla de sí misma en femenino porque así es como la han criado, pero una caótica mujer llamada Isabel despierta en ella algo que le hace hacerse la pregunta que siempre se ha hecho, pero que no ha logrado verbalizar. Tras una visita al ginecólogo, Ade descubre la verdad: que es una persona intersex.

Este punto de inflexión hace a Ade dejar Pamplona y a su familia de sangre para irse a Madrid e intentar encontrarse. Allí entabla amistad con Gato y Adela, sus compañeros de piso, que se convierten en un apoyo. Su familia elegida se expande con un nuevo trabajo en el que conoce a más personas que, en lugar de enemigos, son aliados. Es en Madrid también donde se reencuentra con Isabel.

Lo pionero convertido en hogar

Esta Mi querida señorita guarda ecos y hace algún que otro homenaje al filme de Armiñán, pero es una suerte de reacción necesaria a lo que parece que no se atrevieron a hacer hace más de cinco décadas.

La elección de una persona intersex para dar vida a la protagonista ya es una declaración de intenciones. Elisabeth Martínez encarna a Ade con elegancia, serenidad y verdad. Lo hace bien arropada por nombres como los de Nagore Aranburu en el papel de su estirada madre, María Galiana en el de su cálida abuela, Anna Castillo en el de la caótica Isabel, Paco León en el de un cura que escucha Mónica Naranjo y que hace de confesor fuera y dentro de la iglesia; y Manu Ríos y Lola Rodríguez en los de unos luminosos y balsámicos Gato y Adela.

Aunque la intención es buena y su relevancia indiscutible, Mi querida señorita no deja de ser un producto en el que, en ocasiones, se perciben las costuras de lo didáctico. La sutileza se diluye por momentos, pero resulta casi contradictorio señalarlo como un defecto: tratándose de una propuesta pionera, conviene concederle ese margen. Hay que permitirle ser, a veces, sobreexplicativa y que, en lugar de avanzar de puntillas, deje un socavón por donde pisa.

Hay una frase del personaje de Castillo que resume a la perfección la necesidad de esta Mi querida señorita. "La de disgustos que me hubiese ahorrado si esta película hubiese existido en los 90". Se refiere a Fucking Åmål (1999) de Lukas Moodysson. Pues eso, que verse reflejado en el cine es una de las mejores, más agradables y amables sensaciones. Es bonito que un filme te dé la mano y sea un poco "casa". Ahí está la clave de esta Mi querida señorita.