La vida de Tim Burton después de estrenar La gran aventura de Pee-Wee no era fácil. Aquella película había sido un exitazo absoluto y rotundo, pero los guiones que llegaban a su mesa eran, como poco, terribles. Warner intentó a toda costa que aceptara rodar Un caballo en la bolsa, en la que un broker de bolsa hace equipo con un caballo parlante que le ayuda a invertir mejor, pero el director, que estaba escribiendo ya el guion de su proyecto soñado, Batman, insistió en que prefería hacer algo que pegara más con él: una pequeña locura titulada Bitelchús.
¡Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús!
Burton, eso sí, bajó el nivel de oscuridad del guion original y le añadió humor, porque la versión que leyó era muchísimo más macabro en todos los sentidos, y presentaba a su protagonista como un demonio que quería matar a la familia de Lydia y acostarse con ella como fuera. Sin embargo, la versión que tuvimos al final fue, dentro de lo escandaloso, muchísimo más light y propia del imaginario loco del director. Y la mejor prueba está en la famosa escena de la sala de espera.
Si das a la pausa y ves a todos los personajes, solo te queda imaginar cómo ha muerto cada uno, especialmente tres de ellos cuyo fallecimiento no queda claro en absoluto. El sacerdote con la piel morada, ¿quizá de ahogamiento? El hombre con la cabeza diminuta, ¿un encantamiento? Y la gran duda entre los fans: ¿Qué pasa con el hombre de la piel verde? Hay quien opina que fue gangrena, quien ve una especie de mano saliendo de su pecho... ¡Quién sabe!
Claro está, en esa sala de espera hay de todo, desde los que lucen bastante bien para estar muertos hasta el hombre que se ahogó con un hueso de pollo en el restaurante o el equipo de fútbol que murió en un accidente de autobús. Vamos, que Burton hizo bien en rechazar al caballo parlante: ¡Ahí no podría haber metido tipos verdes con muertes misteriosas!