Pasamos de la película inaugural de Cannes para hablar de lo que realmente importa: 'Adolescencia, sexo y muerte en el campamento Miasma'
Alejandro G. Calvo
Alejandro G. Calvo
-Director de SensaCine
De sangre soriana, nacido en Barcelona en 1978, y residente en Madrid. Crítico de cine desde la adolescencia, llevo 25 años escribiendo sobre películas. Ahora, principalmente, hago videos para el canal de YouTube de SensaCine donde la serie "Cine A Quemarropa" es uno de los mayores hits en la red.

Regresamos al festival francés un año más. Arrancamos la primera crónica con el 'slasher' de Jane Schoenbrun, con Hannah Einbinder y Gillian Anderson

MUBI

Hola, ¿qué tal, chicos, chicas? Esta mañana me he despertado escuchando a El Torta y, tras un viaje magnífico en un Peugeot 3008 maravilloso e híbrido con etiqueta eco junto a Verónica, he puesto rumbo a una nueva jornada aquí, en el festival de Cannes. Ya sabéis que venir a este tipo de certámenes siempre me saca ese lado nostálgico y me da por contaros mis clásicas historias de abuelo cebolleta. Y es que yendo para allá me acordaba de que mi primer año como prensa acreditada fue en el Festival de San Sebastián allá por el 2000, donde tuve un momento iniciático en mi vida viendo Shiner de John Irvin, un director del que siempre he sido muy fan por sus pelis duras y violentas de hombres chungos. Luego me vino a la memoria Sitges 2001, al que fui con una ilusión que me petaba la cabeza porque inauguraba nada menos que John Carpenter con Fantasmas de Marte, increíble, increíble. Y, por supuesto, mi primer Cannes acreditado fue en 2008 con la obra maestra absoluta Vals con Bashir de Ari Folman. Así que fíjate: 26 años a San Sebastián, 25 a Sitges y 18 a Cannes... Dios mío, mayor estoy. Pero bueno, aquí seguimos, en Cannes, el festival más cómodo del mundo, donde ni las aduanas molestan. Me he venido a mi parque de siempre, donde por cierto hace muchísimo viento, como si las texturas telúricas de la película de la que os voy a hablar hoy se nos colaran en la propia crónica. Quién sabe, igual dentro de 70 u 80 años le ponen mi nombre a este parque ridículo y la gente dirá: "¿Quién era Alejandro G. Calvo?". Pero he encontrado un banco de piedra al sol, en calma, rodeado de gente leyendo libros, para hablaros sin pegar cuatro gritos de éxtasis de la que ha sido la gran revelación del certamen.

Atrás dejamos el día cero y la película inaugural, que, para qué engañarnos, fue una chufla que no voy a ir ni a citar, ya está, fuera. Arrancamos en el día dos porque tenemos un peliculón entre manos. Estamos, sin duda, delante de una de las grandes películas de este festival: Teenage Sex and Death at Camp Miasma, de la directora norteamericana Jane Schoenbrun. Que sepáis que aquí, en nuestro país, la va a estrenar Mubi y tiene como título en castellano Adolescencia, sexo y muerte en el campamento Miasma, cambiando ligeramente la semántica original. Para los que os lo preguntéis, el miasma es ese efluvio maligno que antiguamente se creía que desprendían las materias corruptas, los cuerpos enfermos o las aguas estancadas. Un nombre, como veis, sencillamente magnífico y alegre para un campamento de verano.

La cosa va de sangre, de terror y de "mandanga sexual"

La trama es brutal: cuenta la historia de una directora de cine indie que recibe la jugosa oferta de hacer un remake, reboot o recuela de una saga slasher de los ochenta que ha tenido 27 secuelas y está completamente muerta y olvidada. Pero claro, como los estudios necesitan IPs continuas en el Hollywood actual, quieren resucitarla. Esta directora está interpretada por la maravillosa Hannah Einbinder, a la que conoceréis por ser tremenda en la serie Hacks. Su sola presencia ya hace que esta sea la película abiertamente más cómica y divertida de su autora, partiendo de una sátira tremenda sobre lo absurdo que es Hollywood y nuestro mundo. Para documentarse, la directora decide contactar con la actriz original de la primera película, interpretada por Gillian Anderson, una mujer que vive recluida en el mismísimo parque donde se rodó todo.

Schoenbrun (nacida en 1986 en Nueva York) es una reina absoluta de la creación atmosférica terrorífica. Ya en 2018 hizo una peli loquísima de una hora llamada A Self-Induced Hallucination usando piezas de YouTube sobre Slenderman. En 2021 llegó su debut oficial, We're All Going to the World's Fair, una cinta alucinante que mostraba una nueva mirada al queer horror basándose en las movidas creepypasta, las leyendas urbanas de internet pre-siglo XXI y el terror analógico de los VHS. Todo ese material inorgánico del celuloide le servía para aportar mal rollo a la realidad adolescente. En 2024 nos trajo la brutal I Saw the TV Glow, agarrando esos conceptos y prolongando la angustia existencial hasta la madurez. Pero lo que hace en Camp Miasma es consolidarse de forma categórica como una autora esencial.

Hay una reivindicación brutal del género slasher desde una mirada metacinematográfica que supera, por muchísimo, todo lo que puede proponer la saga Scream. El personaje de Anderson llega a advertir que la película "tiene vida propia", originando una mitología alucinante mezclada con imágenes salvajes, súper gore y con chorros excéntricos de sangre. No busca ridiculizar este subgénero limitado del tarado con máscara acuchillando jóvenes, sino celebrarlo. Incluso cita sus referencias directamente a cámara para que los críticos no vayan de listos, nombrando La nueva pesadilla de Wes Craven (1994). Craven ya analizaba de forma nada irónica cómo el mundo cinematográfico puede colarse en nuestra vida real para transformarla hacia los caminos del terror, algo que también nos remite inevitablemente a la película más infravalorada y difícil de David Lynch, la monumental Inland Empire. La obra de Schoenbrun es puramente Lynchiana.

Es impresionante cómo le va metiendo capas a la peli sin dejar de ser fiel a sí misma, volviéndola más accesible para el gran público al ser más divertida. Schoenbrun toma decisiones brutales. Por ejemplo, abraza sin complejos la "calentura" inherente del slasher, reconociendo que ver a mujeres ligeras de ropa perseguidas daba pie a la excitación. Cualquier otro director se habría llevado hostias por todos lados, pero ella, desde su condición de mujer trans, ejecuta una transgresión magistral admitiendo que ella misma se masturbó por primera vez viendo una peli slasher. En la pantalla esto se transforma en un instante icónico que la propia cineasta ya ha catalogado en Twitter como un momento de culto clásico absoluto. Toda la obra cobra sentido desde la lujuria y la risa, o como dice el propio personaje de Gillian Anderson: la cosa va de sangre, de terror y de "mandanga sexual". Todo está llevado con una libertad y felicidad que me parecen sensacionales, logrando ser una cinta divertidísima y aterradora a la vez.

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