El último refugio son los otros
por Andrea ZamoraHig es un hombre de rutinas. No por gusto, sino por necesidad. Su día es algo así: trabaja la tierra, pilota una avioneta, va a por provisiones a la ciudad y visita el fantasma de su esposa. El apocalipsis no es presente, sino pasado, pero el pasado pesa tanto en él como el presente. Hig vive en el después de una pandemia de gripe que asoló el mundo y es el protagonista de La constelación del perro. Ridley Scott firma este proyecto, un relato amable, humano y realista de aquellos a los que les toca vivir en los escombros que deja el fin del mundo.
La constelación del perro, adaptación de la novela homónima de Peter Heller, es ciencia ficción de excusa. Esto es: usar un suceso irreal para hablar de humanidad y, por consecuencia, de deshumanidad. Las personas, aquí, son los héroes y los villanos. La desesperación ha creado grupos de supervivientes que son aves carroñeras que caminan a pie por las montañas de Denver y de las que hay que protegerse. En este nuevo mundo, Hig no se olvida de que los humanos son, eso, humanos; pero su compleja visión no encaja con la de su compañero de faenas, un exmarine rudo y terco como el acero al que da vida un también rudo, pero divertido, Josh Brolin, que se rige por el "disparar primero y preguntar después".
Hig, un Jacob Elordi triste y alicaído, no puede escapar de sus traumas, pero necesita ver que el mundo no se reduce a ellos. Su necesidad de huir es imperante y le lleva a descubrir que en el reducto tan pequeño en el que ha quedado convertido el mundo, todavía hay buenos imprevistos, encarnados por una luminosa Margaret Qualley y un desconfiado Guy Pearce, y esperanzas que se destruyen, lideradas por una estrambótica Allison Janney.
20th Century Studios
La constelación del perro está más cerca de la bella e impecable simpleza de Hijos de los hombres (2006), La carretera (2009) y 28 años después (2025) que de grandilocuencias como La guerra de los mundos (2005) y Guerra Mundial Z (2013). La propuesta de Scott es una historia que aboga por la unión en un mundo en el que algo tan dado por hecho como la música, el café, el tabaco, las vacunas y la Coca-Cola se han convertido en un recuerdo diluido.
Hay poca acción y la que hay es una consecuencia de lo que se está contando, no al revés. Scott no busca la espectacularidad. El cineasta toma un camino más delicado, pero rodeándose de la crudeza de un ambiente triste, vacío y en el que la naturaleza se vuelve inmensa y un poco claustrofóbica para la soledad de los personajes que viven a regañadientes en ella.
Pero en La constelación del perro, el relato es demasiado conocido y formulaico, lo que vuelve al filme predecible. Hay sorpresas, pero pocas. La final desentona tanto que parece que los personajes se han colado en otra película. Es como intentar encajar la pieza de un puzle en el sitio que no le toca. Funciona como contrapunto, sí, pero es tan extrema que parece irreal en una historia que aboga por el realismo.
De un director con películas como Alien, el octavo pasajero (1979), Blade Runner (1982), Gladiator (2000) y Marte (2015), La constelación del perro parece una misión secundaria. Una historia con la que Scott se para un momento en el camino para crear un retrato que sabe bien, pero a poco.