El testamento de Ann Lee
Críticas
4,0
Muy buena
El testamento de Ann Lee

La segunda venida de Cristo será en forma de mujer

por Andrea Zamora

Los milagros son milagros porque son sucesos inexplicables de acuerdo a las leyes naturales. Por lo tanto, cuanto más sepamos cómo funciona el mundo que nos rodea, menos milagros habrá. El conocimiento que tenemos ahora es gigantesco si lo comparamos con el del siglo XVIII. Que a Ann Lee, una mujer de 1774, le crezca vello por el cuerpo, tenga alucinaciones y proclame ser Jesucristo después de estar 14 días sin comer cobra un sentido diferente en su época que ahora, cuando sabemos las causas de la inanición. Pero como esta historia real ocurrió en el pasado, nos toca verla como si fuera eso: un milagro.

El testamento de Ann Lee, dirigida por Mona Fastvold, cuenta la vida de Ann Lee, una mujer nacida en Manchester que creó su propia secta y se marchó a Estados Unidos con sus seguidores para predicar su palabra. La historia real es ya de por sí sumamente interesante y atractiva, pero la cineasta le añade un poco más de vuelo convirtiéndola en un musical. El resultado son secuencias que embelesan e hipnotizan. Visualmente es un festín para la vista y el oído.

Vida y milagros de Ann Lee

Amanda Seyfried como Ann Lee en 'El testamento de Ann Lee' 20th Century Studios
Amanda Seyfried como Ann Lee en 'El testamento de Ann Lee'

Ann Lee era una mujer analfabeta que creció en la pobreza. A los 22 años se unió a la Sociedad Wardley, una secta conocida como "los cuáqueros temblorosos" por sus bailes y cantos extáticos durante el culto. Más tarde recibirían el nombre de Shakers. Ellos, como grupo protestante, creían que la segunda venida de Cristo sería femenina. Por eso, cuando Ann salió de la cárcel y proclamó que era Jesucristo, ellos la consideraron su Mesías.

Los Shakers eran radicales en sus ideas: defendían la igualdad de género, el comunalismo, el pacifismo y la sostenibilidad. Eran unos adelantados de su tiempo. Además de todo esto, otra cosa que les diferenciaba de las demás religiones o sectas era su aversión hacia el sexo. Sus miembros lo tenían prohibido.

Fastvold construye la historia de la protagonista desde su niñez hasta su muerte, con una narradora que, mirando a cámara, se encarga de contarnos la vida y milagros de Ann. De niña trabajaba en una fábrica de algodón y no se separaba de su hermano William. Su primer contacto con el sexo fue a una temprana edad, cuando pilló a sus padres manteniendo relaciones. De adulta, todo se agravó con su marido Abraham, otro shaker interesado en sadomasiquismo y el sexo oral. Tampoco ayudó la muerte de sus cuatro hijos, que nunca llegaron a cumplir un año de vida.

Estas experiencias culminaron y se condensaron en esos 14 días que pasó en ayunas en prisión. Allí, desnutrida, interpretó, además de que ella era Jesucristo, que el pecado original es la fornicación y la humanidad debe abstenerse del matrimonio y las relaciones sexuales. Ahí estaba la Mesías que esperaban los Shakers. Ann, ahora renacida como Madre Ann, convirtió su sufrimiento en evangelización y sus seguidores se fueron con ella hasta Nueva Inglaterra, donde construyeron un asentamiento en Niskayuna, un pueblo de Nueva York en el que Ann terminó sus días.

Una soberbia Amanda Seyfried

Imagen de 'El testamento de Ann Lee' 20th Century Studios
Imagen de 'El testamento de Ann Lee'

Fastvold logra una película cautivadora y fascinante que juega con los sentidos y que tiene a una soberbia Amanda Seyfried en el papel protagonista. Aunque excesiva a ratos en reiteraciones y con momentos musicales que se sienten algo impostados, El testamento de Ann Lee consigue, con su puesta en escena y fotografía, ser mágica y extraña.

Fastvold sabe cómo jugar sus cartas con la disposición de los elementos en plano durante las danzas extáticas y rituales de los Shakers, que rompen la monotonía del relato y son una extensión de los sentimientos de Ann Lee. Los bailes marcan el ritmo: son una fiesta o la búsqueda de serenidad, un llanto por la pérdida o una petición por la supervivencia, el éxtasis por superar lo insuperable o un acto de comunidad.

Esta película es una rareza tan bella que parece que se va a romper en algún momento. Y ocurre: se quiebra un poco cuando la que no está en pantalla es Seyfried, que soporta el peso del filme con firmeza y credibilidad. También cuando Fastvold no consigue mantener el magnetismo del relato, que en ocasiones roza lo absurdo.

Las bondades de El testamento de Ann Lee no consiguen compensar del todo sus perversiones, pero Fastvold y Seyfried han construido una suerte de embrujo que hace imposible que la deslumbrante sensación que deja abandone el cuerpo. No te la quitas de encima ni sacudiéndote. Igual sí hay que seguir creyendo en los milagros.

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