Salí del cine en silencio, agitado, con una sombra anidada en el pecho y en el cerebro. Eso es porque la película funciona como un maldito tiro.
Cuando uno se sienta frente a la gran pantalla espera levantarse de la butaca siendo una persona distinta. Tal vez más feliz, tal vez más reflexivo, más frágil, más esperanzado, pero nunca debería sentirse indiferente ante lo que acaba de ver. Que Obsession haya conseguido perturbarme de esta manera es, irónicamente, motivo de fiesta y alegría. PORQUE JODER, QUE COSA TAN RETORCIDA.
Vamos a ver, ni inventa ni reinventa la rueda. De hecho, parte de una premisa básica que perfectamente podía haberse apagado al poco de empezar. Pero el director (que también escribe la historia) consigue transformar un concepto manido en un descenso vertiginoso a los infiernos. Es una pesadilla hostil y angustiosa que juega con los nervios del espectador hasta el último minuto. Utiliza el humor negro como un subterfugio, un oasis efímero donde el espectador se piensa seguro, pero desde donde la puñalada dolerá más, porque se clavará con mucha más saña.
Tres son los pilares principales que hacen de Obsession una delicia para quienes deseen ser las víctimas de este mal sueño:
Inde Navarrette. Carga con el 99% de la película. Devora cada escena. No saldrá de tu mente; tampoco querrás que lo haga. Su expresividad corporal sumada a los distintos registros en los que es capaz de bailar, por los que pasa como si fuesen volátiles reacciones químicas. Simplemente brutal.
La luz. La película posee una lobreguez propia que genera de por sí una atmósfera tétrica, casi analógica. Lo interesante viene con los juegos de luces y sombras de Barker, básicos pero muy funcionales. Acaban por ser un elemento representativo de los momentos más inquietantes del filme.
El sonido. Sube y baja, tiene valles y los quiebra, estalla en picos tan afilados que cortan, tal y como haría el electrocardiograma del espectador. Los efectos de voz de Nikki, los cortes de música, los golpes y los ruidos, la música esperpéntica y malsana. Bien utilizados, hasta los recursos más pequeños y humildes pueden ser poderosas herramientas que eleven más aún la propuesta. Como es el caso.
Tampoco puedo dejar de lado el mensaje. Dependencia amorosa, toxicidad y egoísmo en las relaciones sentimentales, un retrato de quienes se aprovechan de la vulnerabilidad emocional. Quiénes somos, quiénes queremos ser en una relación, en quiénes queremos convertir a las personas con las que nos relacionamos y en quién nos convierte eso. Consecuencias. La película no esconde su mensaje, no lo camufla en el fondo de una metáfora o una segunda lectura, sino que lo mantiene en el foco principal como parte esencial de la trama hasta el punto de formar parte de las conversaciones entre personajes (y no de manera secundaria, sino troncal). Rima tan bien con el argumento que genera momentos tan emocionalmente destructivos como genuinamente sinceros.
Obsession es una joya, y Curry Barker un cabronazo con mucho potencial (26 años tiene la criatura). Con propuestas así el terror se mantiene como la salvación del cine original y con propósito, corazón y carisma. Una nueva ola de jóvenes y talentosos cineastas parece haberse echado a los hombros el futuro de un género que no hace más que darnos buenas noticias y, a los académicos, más razones para tomárselo enserio.
Así que regocijaos, hermanos y hermanas, y llenad las salas. Si os atrevéis, claro.