El otro Chiquito
Críticas
3,5
Buena
El otro Chiquito

¡Pecador de la pradera!

por Tomás Andrés Guerrero

Cuando los fans del fenómeno Chiquito de la Calzada tuvimos conocimiento de que se estaba gestando un documental llamado El otro Chiquito (2026), dirigido por Juan Zavala y Javi Morales a partir de una concepción original de Diego San José, supuso un tremendo 'hype'. Ahora que se ha estrenado, hemos asistido a un producto notable que se distancia del 'biopic' convencional. La cinta utiliza el disparatado conflicto judicial entre Gregorio Esteban Sánchez Fernández y la cadena Telecinco como hilo conductor para armar una especie de 'true crime' en clave de comedia pop. El resultado es tan original como revelador sobre los límites de la identidad creadora, la voracidad de la televisión de los noventa y la huella imborrable que dejó un icono irrepetible en el imaginario colectivo de España.

Uno de los grandes aciertos de la producción es su empeño en retratar los duros inicios de Chiquito de la Calzada antes de alcanzar la fama. Lejos de presentarlo como un producto instantáneo de la "caja tonta", el largometraje dignifica la figura de Gregorio como un humilde y veterano cantaor flamenco que pasó décadas luchando en la precariedad, actuando para turistas en el Torremolinos de los años 70 e incluso emigrando varios años a Japón para ganarse la vida. La gloria mediática y el cariño masivo no le llegaron hasta rozar los 60 años, cuando fue descubierto en veladas privadas -con la improbable complicidad de figuras como Mario Conde- antes de dar el salto al programa Genio y figura en 1994 y revolucionar el idioma de todo un país.

Del éxito televisivo al conflicto judicial

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El documental destaca por desplegar una gran cantidad de imágenes de archivo y material no visto hasta la época, realizando un valioso trabajo de arqueología audiovisual al rescatar grabaciones de programas olvidados, pasajes inéditos de actuaciones, casetes promocionales y metraje de la eclosión de las televisiones privadas. Toda esta masa documental sumerge al espectador de lleno en la atmósfera de mediados de los años noventa, capturando la fiebre de las coletillas populares, la venta de 'merchandising' desenfrenado y la locura colectiva de una sociedad que adoptó el lenguaje de Chiquito como una seña de identidad nacional.

El núcleo del conflicto dramático se centra en la postura del influyente 'late night' de Pepe Navarro (Esta noche cruzamos el Mississippi), al aprovecharse de un fenómeno que empezaba a estar de capa caída en la televisión comercial. En medio de una encarnizada batalla por la audiencia y sin demasiados escrúpulos éticos, el programa introdujo el personaje de Lucas Grijander, interpretado por Florentino Fernández. Esta parodia canibalizó sin miramientos el vestuario, los movimientos y el vocabulario inventado de Chiquito para rellenar horas de emisión y generar lucrativas giras paralelas, justo en el momento en que el personaje original comenzaba a mostrar signos de saturación en los medios.

Lejos de quedar en una mera pataleta televisiva, el pleito emprendido por el humorista malagueño adquirió una dimensión jurídica histórica. El caso fue fundamental al sentar un precedente decisivo en la legislación española para nuevas leyes de propiedad intelectual y derechos de autor. En una época en la que los tribunales carecían de jurisprudencia y de jueces especializados en la materia, la demanda obligó a la justicia a debatir por primera vez dónde terminaba la parodia legítima y dónde comenzaba el plagio o la apropiación comercial ilícita de la identidad cómica de un artista.

Sin embargo, en el plano cinematográfico la película acusa ciertos vicios que lastran su acabado final. A pesar de que es necesario el uso de testimonios para reconstruir los hechos, el documental abusa demasiado de este recurso. La narración se apoya de forma machacona en el esquema de "bustos parlantes", congregando un baile incesante de caras conocidas donde no todas las aportaciones resultan de igual interés. Este exceso de entrevistas, sumado a una música de fondo ominosa más propia de un macabro crimen real que de una comedia pop, ralentiza el ritmo en su tramo central y resta empaque al conjunto.

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