A sus ochenta y ocho años, Benigno habita en la casa natal donde reposa todo el pasado de su familia. En este hogar lleno de recuerdos, el anciano comparte la rutina diaria junto a su tortuga Totó. Todos los días acude a su huerto para cuidar de las gallinas y trabajar la tierra con semillas heredadas. Con un ritual ceremonioso, conserva este legado agrícola mientras experimenta la vida en soledad. Sin embargo, la progresiva pérdida de su visión lo obliga a apresurarse para inventariar sus bienes. En un íntimo diálogo consigo mismo, reflexiona sobre su testamento y la angustia por el final de su casa. Ante esta incertidumbre, Benigno se entrega a la música como a un talismán que reconforta su espíritu. De este modo, se prepara serenamente para afrontar la llegada del mayor de sus silencios y su partida.