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Elvis Del Valle
251 usuarios
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5,0
Publicada el 3 de febrero de 2024
Después de Flags Of Our Fathers, Clint Eastwood presenta esta película orientada en la batalla de Iwo Jima desde la perspectiva de Japón. Flags Of Our Fathers narraba que significo esta guerra para Estados Unido, Letters From Iwo Jima narra que significo dicha guerra para Japón. Lo interesante es que Clint decidió hacer dos películas sobre la misma guerra, pero narrada desde dos perspectivas diferentes. Es algo que muchas películas bélicas no han hecho para conocer mejor lo que una guerra significo para cada país. Eso sirve para amplificar más la visión que el mundo ha tenido sobre las guerras mundiales viendo las dos caras de la moneda y rompiendo con el paradigma de quienes son los buenos y los malos. El cine de Hollywood ha tenido mayormente la costumbre de representar a los soldados de Estados Unidos como los verdaderos héroes de la historia, pero cada historia tiene más de una versión. Clint Eastwood estuvo incluso en el ejército, así que él tiene una visión clara sobre lo que es ser un soldado que debe seguir las órdenes de su patria. La película nos muestra a los soldados japoneses como seres humanos como cualquier otro que solo están cumpliendo una misión, pero se puede ver reflejado en ellos el miedo y la desesperación que experimentan en combate. Lo interesante es la integración de Tadamichi con un soldado estadounidense capturado, demostrando que los soldados de ambos no son diferentes porque al fin y al cabo son personas que anhelan sobrevivir al campo de batalla para regresar a sus hogares. La película deja una clara lección de que en la guerra no hay héroes o villanos, los soldados son solamente peones enviados a combatir para acabar siendo mártires. La película hace un muy buen trabajo en mostrar el lado humano de los soldados japoneses, haciendo que empaticemos con ellos y entendamos el temor que sienten. Se puede decir que Letters From Iwo Jima refleja bastante bien el dolor del ejército japonés en aquel combate y es bastante creíble. Hacerla incluso hablada en japonés fue un acierto para darle ese nivel de credibilidad porque se siente como una película japonesa y es sorprendente que Clint Eastwood haya podido hacer una película que se siente más humana y menos Hollywoodense. En conclusión, Letters From Iwo Jima es una de las mejores películas de Clint Eastwood y una de las mejores películas bélicas del cine por su digna representación del espíritu japonés siendo afectado por La Segunda Guerra Mundial. Mi calificación final para esta película es un 10/10.
Hay películas bélicas que impresionan por la escala y otras que lo hacen porque consiguen reducir una guerra entera a un puñado de seres humanos. Cartas desde Iwo Jima pertenece claramente al segundo grupo. Clint Eastwood filma una de las batallas más conocidas del Pacífico desde el lado japonés y, en lugar de convertir esa elección en un simple cambio de punto de vista, la utiliza para desmontar la idea cómoda del enemigo como una masa uniforme, fanática y sin rostro.
Eso es lo que más me ha interesado. Desde pequeño había visto muchas veces la imagen del soldado japonés dispuesto a morir por el emperador, del kamikaze, del grito de banzai y del sacrificio presentado casi como rasgo esencial de todo un pueblo. Aquí esa imagen se resquebraja. Hay quienes creen de verdad en el honor de morir por la patria, quienes obedecen porque no conciben otra posibilidad y quienes consideran absurdo entregar la vida cuando lo único que desean es volver a casa.
Eastwood no necesita convertir a nadie en portavoz moderno para que eso funcione. Basta con mostrar las diferencias dentro del propio ejército: la disciplina llevada al extremo, el maltrato a los subordinados, la presión social que transforma la marcha a la guerra en motivo de orgullo y el choque entre quienes entienden el deber como sacrificio y quienes siguen aferrados al instinto elemental de vivir.
Ken Watanabe está extraordinario como el general Kuribayashi. Tiene autoridad, serenidad y una inteligencia práctica que chocan con una cultura militar demasiado dispuesta a confundir obediencia con eficacia. Watanabe evita la grandilocuencia: su personaje transmite la sensación de alguien que comprende mejor que muchos la situación en la que se encuentra y que, precisamente por comprenderla, carga con un cansancio enorme.
Kazunari Ninomiya es igual de importante desde el extremo opuesto. Saigo no representa la estrategia ni el mando, sino al hombre corriente atrapado dentro de una maquinaria gigantesca. Tiene miedo, protesta, duda y no siente ninguna necesidad de convertir su posible muerte en una hermosa idea patriótica. Esa normalidad lo convierte en uno de los personajes más humanos de la película. Watanabe representa la lucidez dentro del mando; Ninomiya, la lucidez desde abajo.
También me parece fundamental cómo la película utiliza las cartas. En una guerra, la propaganda necesita que el enemigo sea distinto a nosotros. La correspondencia privada hace exactamente lo contrario: recuerda que detrás de cada uniforme hay alguien que tiene familia, recuerdos, deseos y personas esperando noticias. Eastwood encuentra ahí una de las ideas más sencillas y poderosas de toda la película: basta escuchar las palabras íntimas de otra persona para que la categoría de “enemigo” empiece a quedarse pequeña.
Por eso la película nunca me parece una idealización de Japón. No oculta la rigidez, el fanatismo, la crueldad interna ni la absurda facilidad con la que una estructura militar puede considerar prescindibles a sus propios hombres. Pero tampoco presenta a los estadounidenses como monstruos. Su mirada es mucho más incómoda para cualquier relato patriótico: en ambos lados hay seres humanos atrapados por decisiones tomadas muy por encima de ellos.
Visualmente, la película refuerza esa sensación con una fotografía desaturada, casi sin vida, donde la isla parece ya un territorio fantasma antes de que el combate lo invada todo. No hay épica luminosa. Hay tierra, túneles, humedad, polvo y espera. Incluso cuando la acción aumenta, Eastwood mantiene una puesta en escena sobria, más interesada en lo que la guerra hace a las personas que en convertir la batalla en espectáculo.
También agradezco que no convierta el sacrificio en una virtud automática. La idea de morir con honor aparece constantemente enfrentada a una pregunta mucho más simple: ¿por qué tendría que ser más noble morir obedeciendo que intentar seguir vivo? Esa tensión recorre toda la película y explica por qué me ha resultado tan poderosa.
Cartas desde Iwo Jima funciona además como complemento perfecto de Banderas de nuestros padres, pero para mí es una película más profunda y emocional. Mirar la misma guerra desde el otro lado no relativiza los hechos; los humaniza. Nos obliga a reconocer que el enemigo también tiene miedo, familia, contradicciones y dudas.
Me ha parecido una película enorme. Ken Watanabe y Kazunari Ninomiya están extraordinarios, la dirección de Eastwood es contenida y durísima, y las cartas terminan siendo el símbolo perfecto de todo lo que la guerra intenta borrar: la individualidad. Por encima de la gloria, del honor y de las banderas quedan las voces privadas de personas que querían exactamente lo mismo que casi cualquiera: vivir y volver a casa.