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    Freeheld, un amor incondicional
    Críticas
    2,0
    Pasable
    Freeheld, un amor incondicional

    Pasen y vean

    por Carlos Losilla
    Se podría pensar que 2015 quedará en los anales como uno de esos años en que la representación de la identidad sexual en el cine comercial dio otro pequeño paso adelante. Sin embargo, ¿es así? Nada que objetar –muy al contrario—respecto a Carol, la obra maestra de Todd Haynes, cuya exigente puesta en escena se doblega ante el poderío de dos miradas femeninas que se buscan y se encuentran. Pero quizá no suceda lo mismo con La chica danesa, del siempre melifluo Tom Hooper, donde Eddie Redmayne vuelve a hacer de las suyas ahora ridículamente travestido, ni con esta Freeheld que nos ocupa, en cuyo discurrir Peter Sollett echa a perder los logros –modestos, pero logros al fin y al cabo— de miniaturas como Raising Victor Vargas (2002) y Nick and Norah’s Infinite Playlist (2008). Pues esta película en apariencia directa y combativa, esta historia de una agente de policía y una amante de los vehículos rodados que se enamoran sin remisión, tiene truco dentro: en un momento dado, el cáncer desplaza al lesbianismo, como si se tratara de asuntos comparables, y el relato se convierte en una de esas soflamas liberales y reformistas que tanto gustan en el Hollywood de Obama, por otro lado una mala imitación del Nuevo Hollywood de los 70.


    Freeheld - Cartel
    Aquí Julianne Moore y Ellen Page consiguen que la cosa empiece medianamente bien, incluso con un cierto humor paródico respecto a este tipo de ficciones. Moore es una mujer policía propensa a emplear la violencia en su trabajo, más al estilo de Harry Callahan que de Miss Marple. Por su parte, Page viste cazadoras de cuero y fuma con estilo descuidado, como si las lesbianas tuvieran que jugar a ser Marlon Brando para que se las respete. ¿Estereotipos? Por supuesto, pero el hecho de que Freeheld empiece como una película de género justifica todo eso y mucho más, como por ejemplo que ambas acaben compartiendo casa y perro en una estructura de pareja que Sollett caracteriza como si se tratara de la consecuencia inevitable de un boy meets girl, más que de este girl meets girl. Y ahí precisamente se encuentra el eje donde la película efectúa el giro que la convierte en otra cosa. Por un lado, la reivindicación de sus derechos que emprenden las dos mujeres con motivo de la enfermedad de una de ellas tiene que ver con una visión de la homosexualidad en la que esta quizá ya no sea la transgresión salvaje que quisieron Jean Genet o Fassbinder, pero aún conserva ecos de reivindicación sociopolítica, esa que se le hace tan insoportable a la América más reaccionaria y tradicionalista. Por otro, sin embargo, esta fábula casi capriana pierde su fuerza cuando la forma que adopta se muestra como una exaltada celebración del espectáculo, del show business que sustenta la totalidad de las estructuras sociales estadounidenses.

    En efecto, la parte final, centrada en un juicio donde Moore y Page luchan por sus derechos con la ayuda de algún que otro personaje estrafalario (entre los que se cuenta Steve Carell, cómo no), ya no parece querer ilustrar un combate ético y moral, sino simplemente demostrar que en América todo es posible, incluso aquello que parece ir en contra de sus ideales como nación, y también que la conquista de un país justo debe pasar, más que por el fortalecimiento de las instituciones, por una demostración de seguridad del individuo en uno mismo, expuesta al público en forma de animada y ruidosa obra de teatro. El drama judicial --que tan buenos momentos de cine americano nos ha proporcionado, de Hitchcock a Preminger pasando por el propio Capra— se convierte aquí en una mascarada que anula cualquier intención política para dejar al descubierto unas leyes sociales que no dependen tanto del espíritu reformista del país como de una exhibición más bien impúdica de la intimidad. Se trata, por supuesto, de una película basada en hechos reales. Y además el guionista se llama Ron Nyswaner, nombre que coincide con el del señor que escribió Philadelphia (1993), una de las películas más dudosas de Jonathan Demme. Creo que debería haber empezado por ahí y nos hubiéramos ahorrado unas cuantas explicaciones.

    A favor: un elenco tan excéntrico como divertido, que proporciona a la película sus mejores momentos.

    En contra: un guión solemne y envarado, en el fondo tan exento de poesía como de punch reivindicativo.
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