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    Los diarios del ron
    Críticas
    2,5
    Regular
    Los diarios del ron

    Señales del 'gonzo'

    por Carlos Reviriego
    Johnny Depp se ha afianzado como el transmisor cinematográfico del genial y alucinógeno Hunter S. Thompson. Desde que calzara los zapatos de Raoul Duke, su Sancho en la quijotesca 'Miedo y asco en Las Vegas' (Terry Gilliam, 1998), el actor norteamericano se ha tomado como una causa personal la reivindicación de la figura y obra del escritor y periodista "gonzo", quien no en vano fuera su amigo personal durante los últimos años de su vida, antes de que se suicidara en 2005. Así lo certifica el hagiográfico documental 'Gonzo: Vidas y hazañas del Dr. Hunter S. Thompson' (Alex Gibney, 2008), narrado por el propio Depp, quien ahora, como hiciera Benicio del Toro en la memorable obra de Gilliam, se convierte para la pantalla en un trasunto semi-autobiográfico del periodista. Basado en la novela inciática 'El diario del ron' (que no se publicó hasta 1998, en España editada por Alfaguara), el filme, un proyecto personal del propio Depp que llevaba dos años durmiendo el sueño de los justos en los cuarteles de distribución de Hollywood, contiene altas promesas y gestos voluntariosos,pero arroja resultados insatisfactorios, incapaces de forzar sus limitados recursos formales más allá de los cauces habituales.

    No importa demasiado que la novela de Thompson no se cuente entre los mejores textos del que fuera autor estrella de publicaciones como 'Esquire' o 'The Rolling Stone', pues la relevancia de adaptar el texto pasa por reforzar la leyenda y la imagen de un incorruptuble creador viajando a su periodo de formación como periodista. Es decir, a un Thompson pre-gonzo, cuando las semillas de su incendiario estilo estaban ahí, pero cuando aún no se había producido en su escritura la fusión de la fantasía, el delirioy la psicodelia con los discursos politicos y sociales de su tiempo. Algo de esa contención, de esa búsqueda, de esas señales, se contagian a la película, pero más por lo que cuenta que por cómo lo hace. Y lo que narra 'Los diarios del ron', entre el registro gratamente cómico y los destinos mortalmente predecibles, es la estancia de Paul Kemp (alter ego de Thompson) en San Juan de Puerto Rico durante el año 1960, cuando el joven escritor (Johnny Depp tiene 48 años, pero eso no le impide componer una convincente versión del personaje) trabajó en la revista 'El Sportivo', cuyo avatar en el film es el rotativo inglés 'San Juan Star'.

    En su descripción de un ambiente periodístico formado, como describió el propio Thompson, por "jóvenes turcos que querían romper el mundo en dos mitadas para empezar de nuevo" y que "degeneraron en perdedores sin esperanzas que apenas podían escribir una postal; en dementes, fugitivos y borrachos peligrosos", el filme apenas espolvorea ciertas gestos de excentricidad, ciertos detalles de situación, que concentra sobre todo en los compañeros de fatigas de Kemp. La composición y las interpretaciones de estos personajes sintetizan en sus carnes las conquistas y los fracasos del filme: el humor y cercanía que desprende el fotógrafo Sala (Michael Rispoli), y la afectación y falsa excentricidad del reportero alcoholizado Moberg (Giovanni Ribisi). En ese frágil marco de exilio tropical y aventura hedonista, que oculta a su vez una suerte de desesperación existencial de la que sibilianmente huye Bruce Robinson, el relato se abre en dos direcciones: la crítica a la dominación colonial de Estados Unidos (mediante la "investigación" de una empresa que quiere convertir el paraíso isleño en un complejo turístico con la connivencia periodística de Kemp) y la historia de atracción sexual entre la fogosa Chenault (Amber Heard) y el protagonista. Es una lástima no sólo que ambas vertientes de la historia no confluyan en armonía, sino que ninguna de ellas termine por encontrar el deseado impacto.

    El tono, el bagaje o el espejo en que quisiera mirarse 'Los diarios del ron' recuerda a veces a uno de esos proyectos elegíacos que el Nuevo Hollywood construía en torno a actores como Elliot Gould o Jack Nicholson, a películas como 'Un largo adiós' (Robert Altman, 1973) o 'Chinatown' (Roman Polanski, 1974). De hecho, al olvidadodirector Bruce Robinson apenas le recordamos como artífice de 'Withnail and I' (1987), una obra de culto que bebe de los restos de aquellos años disparatados. Al mismo tiempo, el ritmo de 'El diario del ron', su dinámica alcoholizada (borracheras y resacas alternándose), puede a veces transmitirnos la misma clase de agradecida suspensión temporal que provocan películas como 'Río Bravo' o 'El gran Lebowski', para las que lo que importa no es tanto hacia dónde se dirigen (a veces, de hecho, parece que hacia ningún sitio) sino de qué manera respiran, cómo administran los tiempos y cómo los personajes deambulan por la pantalla como si fueran comparsas de un extraño ritual.

    Al cabo, debido a que las escenas nunca logran ser todo lo electrizantes que desarían, o a que las supuestas transgresiones se quedan en la tímida intención (y en algún que otro descarado tributo a lo obra de Gilliam), el filme no deja de recordarnos en todo momento a otras muchas películas tomadas por ese tono de buscado prestigio cultural propio de las adaptaciones literarias hollywoodenses. La semi-historia de amor entre Kemp y Chenaut proyecta ecos tanto de 'Fuego en el cuerpo' (Lawrence Kasdan, 1981) como especialmente del frustrado romance que vivían Arturo Bandini (colin Farrell) y Camilla (Salma Hayek) en 'Pregúntale al viento' (2006), inspirada en la crucial obra de John Fante, y dirigida no en vano por Robert Thowne, guionista fundamental del Nuevo Hollywood. La frescura y la impaciencia de entonces se resuelve hoy en un manso, inocuo y a lo sumo entretenido ejercicio de nostalgia.

    A favor: Los escasos momentos en que el filme se deja llevar por el exceso y las mentes desquiciadas de sus personajes.

    En contra:Querer hacer algo distinto aplicando las fórmulas de siempre.
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