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    Star Trek: En la oscuridad
    Críticas
    4,5
    Imprescindible
    Star Trek: En la oscuridad

    Orgasmo trekkie

    por Alejandro G.Calvo

    Justo tras salir de la proyección de Star Trek: En la oscuridad un colega de la prensa me decía que sí, que estaba muy bien, pero que "Star Trek", lo que es "Star Trek" de verdad, no era eso. Yo, apenas le escuchaba: me encontraba levitando, andando a un par de dedos del suelo. Y es que lo cierto es que desconozco por completo la ontología del fandom trekkie, podría contar los capítulos que he visto de la serie con los dedos de las manos y cuando tuve que hacer un estudio para Dirigido sobre la saga fílmica... lo recuerdo como un letargo aburridísimo de películas que iban de mal en peor (salvaría de la criba, precisamente, la fantástica Star Trek: La ira de Khan (1982) de Nicholas Meyer y la revulsiva Star Trek: Primer contacto (1996) de Jonathan Frakes). Así que reconozco que se me escapa la metafísica que envuelve este, ciertamente, apasionante mundo poblado por razas extraterrestres acostumbradas a discutir sobre la moralidad de sus actos y los desarrollos y aplicaciones de la fanta-ciencia, y que si en algo me funciona la atracción estética de las mismas ello viene dado por la correcta conjunción entre lo espectacular, lo dramático y los mecanismos, siempre sugestivos, de la ciencia-ficción en su vertiente space opera. ¿Y quién es el maestro a día de hoy de dicha prestidigitación cinemática? Sin duda el cineasta norteamericano J.J. Abrams.

    Por eso de ser categóricos podríamos asegurar sin miedo a equivocarnos que Star Trek: En la oscuridad es para el 2013 lo que supuso Los Vengadores para el 2012. Es decir, un espectáculo audiovisual que parece no conocer límites y donde los elementos fantásticos, literalmente, dinamitan las posibilidades de la narración clásica en aras a construir un producto final abrumador, consiguiendo ese complejo híbrido resultante de la simbiosis entre el (generalmente despersonalizado) blockbuster y la fascinante mitología pop del material de base. El cine mainstream transfigura su código genético somatizando los fenómenos de culto de una minoría selecta (los lectores de cómics de superhéroes, los trekkies) para convertirlo en una naranja-troqueladora de millones de dólares. Ahora, con calidad, respeto y toneladas de estilo. Y es que ambos títulos resultan intachables a la hora de construir esa imagen total, magnética y embelesadora, épica y trágica, que consigue convertir en veraz todo la imaginería sci-fi mostrada en la gran pantalla. Esa integración de los poderes de los FX digitales (y el 3D bien hecho) al servicio de la narración, y no como mera excusa para envolverla/disfrazarla, acaba por rendir tributo a todos esos adoradores/fabricantes del fantástico –Méliès, Shoedsack, Fleischer, Wise, Carpenter, Spielberg, Cameron - que han dedicado su vida a la plasmación de lo imposible en la gran pantalla.

    Pero si hay alguna película a la que se parece Star Trek: En la oscuridad no es a Los Vengadores -al fin y al cabo la película de Whedon iba de menos a más, mientras que la de Abrams arranca en quinta y ya no pisa el freno hasta los títulos de crédito de cierre- sino a la propia obra de Abrams: de Misión: Impossible III (2006) a Super 8(2011), de los huis clos que proponía en la serie televisiva Alias (2001-2005) a la propia cinética narrativa de Star Trek (2009). Un concatenado de secuencias de acción de alto nivel adrenalínico con los suficientes aderezos cómico-dramáticos como para que la obra se transfigure en un flujo constante de emociones perfectamente interconectadas. Es tal la magnitud del evento que a uno le cuesta superponer unas a otras: desde el arranque con la búsqueda de la implosión de un volcán en erupción al vertiginoso vuelo de Kirk (y compañía) tratando de saltar (es un decir) de una nave espacial a otra o ese soberbio final con Spock dándose de puñetazos con el villano de la función danzando entre camiones de basura aéreos. Aquí no hay nada de paja: todo son agujas, trampas plásticas en las que la película te atrapa sacudiendo por igual al espectador y a los sufridos protagonistas. Y es que Abrams es un realizador que habla al público en su mismo idioma: de fan a fan, una convención geek que acaba convirtiéndose en una orgía de referencias cruzadas -el punto álgido de la cinta, con Kirk y Spock sincerándose a través de un cristal, es también un magnífico guiño trekkie- puestas al servicio del mejor entretenimiento que uno puede echarse a la cara.

    Es difícil, lo he dicho, resaltar valores en una película donde todo deslumbra. Pero claro, hay que dejar un espacio, al igual que ocurría con El caballero oscuro (2008) y Skyfall (2012), al villano de la función: un Benedict Cumberbatch superlativo, gozoso y contagioso, que otorga a su papel el punto exacto entre lo maquiavélico y lo escalofriante, entre lo atractivo y lo terrorífico, tirando de tópico: es capaz de borrar del plano a cualquier actor con el que se enfrente. La guinda envenenada perfecta para acabar de convertir Star Trek: En la oscuridad en una de las películas más espectaculares que este crítico se ha echado a la cara. Y si no me creen vayan al cine a verla, que no se arrepentirán.

     

    A favor: Prácticamente todo. El espectáculo al servicio de la narración, la intensidad aplicada a las imágenes, la imaginería sci-fi desbordante, unos actores perfectamente ecualizados...

    En contra: Que JJ Abrams abandone la saga para adentrarse en los mundos de Star Wars

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