Transmitir sensaciones. En eso se basa esencialmente el papel que debe desempeñar cualquier espectáculo para que público y artistas comulguen ambos en ese estrato armonioso que provocará la sublime ovación de unos y la preceptiva satisfacción de otros.
El mundo del celuloide, por consiguiente, debe ceñirse a este precepto de carácter casi obligado en el que nada tendría sentido sin ese toque farandulero culpable de hacernos llorar, reír, saltar de la butaca o, en definitiva, empaparnos de ese mundo fantasioso del que por unos instantes llegamos a formar parte.
La saga Fast & Furious llega a convertirse en saga, simple y llanamente por esa crucial circunstancia. Lo que empezó siendo una especie de alegoría a unos deportivos tuneados pilotados por tuneados individuos que cumplían con su papel de duros a la perfección, y que seguramente nadie habría apostado en ese momento que tendría continuación ni siquiera en una segunda parte, llega a la que hoy nos ocupa, nada menos que la séptima. Y es que este no parar de rugir de motores, peleas callejeras y el incesante borboteo de adrenalina que la cinta rezuma en cada secuencia, deja eclipsados a sus seguidores, mal que nos pese a los que este tipo de films apoyados más en esos golpes de efecto que en argumentos algo más profundos, no acaben de convencernos.
Dejando a un lado preferencias personales sobre la opción a elegir acerca de los correspondientes géneros y tipos de cintas que ocupan la gran pantalla, hemos de reconocer la calidad implícita de la que esta saga de rápidos y furiosos hace gala en todos los aspectos. Comparable y equiparable sin duda a consagradas ilustres del género como: “Misión imposible”, o la mítica saga de “007”, de las que coge de aquí y de allí, conformando su propia entidad agradeciendo ese trasvase de elementos que una vez insertados en la cinta se asumen como propios, elevando más si cabe el flujo adrenalítico de la misma.
Dos horas de puro espectáculo visual donde se explayan, (más físicamente que en lo concerniente al guión), actores conocidos y reconocidos, pero sobre todo un equipo técnico que en esta hasta ahora última entrega dirige Rob Cohen sin desmerecer respecto a sus antecesores, dejándonos inverosímiles escenas, espectaculares como en el resto de la saga, incluso debiéramos hacer oídos sordos a esos que rebaten tales resultados con eso de lo fácil que ahora lo ponen las nuevas tecnologías. Asintiendo pero no otorgando, puesto que la filigrana resultante es más bien fruto de algo más que lo que pueda aportar el último grito en programas informáticos.
Al César lo que es del César, y sí, a esta número siete de la saga se le añade el aliciente mórbido de la desgraciada desaparición de Paul Walker que desemboca en el pertinente y merecido homenaje de su compañero y amigo Vin Diesel en las últimas escenas, pero ni aún con éstas podemos quitarle hierro a esta fastuosa fuente de emocionantes fotogramas que como empezaba diciendo, transmite lo que todos esperamos cuando acomodados en la butaca se apagan las luces dejando paso a la propia del proyector.