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    Atrapada en la oscuridad
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    Atrapada en la oscuridad

    Otra guerra en la terraza

    por Carlos Losilla

    No, no se trata de un remake de Sola en la oscuridad (1967), aquella película de Terence Young con Audrey Hepburn, por mucho que el título español pretenda recordarla y el argumento la rememore fugazmente. Joseph Ruben, el director, es un especialista en pequeños thrillers de suspense que encontraron su dudosa cima en Durmiendo con su enemigo (1991), más famosa gracias a Julia Roberts que a su calculada, pero mecánica, puesta en escena. Pues digamos que, en realidad, Ruben –¡solo 14 películas en casi 40 años de carrera!— da lo mejor de sí mismo cuando afronta piezas de cámara asfixiantes, desasosegadoras, con pocos personajes y mucha imaginación: en este sentido, para quien esto escribe, El padrastro (1987) sería su mejor tarjeta de visita posible. Atrapada en la oscuridad presenta a una joven ciega (la turbadora Michelle Monaghan) enfrentada al repentino ataque de un esbirro psicópata (Barry Sloane) y su inquietante jefe (papel que se reserva el también productor Michael Keaton), por causa del oscuro pasado de su novio. al resultado le falta músculo, pero no deja de proponer una insólita reflexión sobre la violencia y la guerra, sobre la fina línea que separa la legítima defensa de la furia homicida.


    En efecto, la película se inicia con un prólogo situado en Afganistán que gravitará sobre todo su desarrollo posterior. Monaghan es fotógrafa bélica y se queda ciega cuando intenta retratar a una mujer portadora de una bomba letal. Pasamos a Nueva York, años después, y la protagonista vive con un novio solícito, en medio de una ciudad eternamente nublada y sombría. El ambiente claustrofóbico que pretende crear la aparición de Keaton y su secuaz, en busca de algo que aseguran que está en aquel apartamento, no está del todo conseguido, por culpa de lo que parece una indecisión congénita en cuanto a tono y ritmo, pero los giros del guión van dejando paso a una situación histérica, a medio camino entre el gran guiñol y la fábula filosófica, que no deja de tener su atractivo: en el fondo, Atrapada en la oscuridad no es una película de intriga, sino la confirmación de que América siempre está en guerra consigo misma, sólo que a veces la traslada al exterior para disimular.


    Este conflicto civil larvado sale a la superficie cuando comprobamos que todos, absolutamente todos los personajes, están siempre prestos a eliminar a sus semejantes por cualquier razón, incluyendo a la atractiva cieguita. En este sentido, Keaton construye su máscara a base de medias sonrisas, desesperante calma chicha y sentencias demoledoras sobre la ambigüedad del bien y del mal, en la gran tradición de los villanos de estirpe nietzschiana. Y el duelo a muerte que lo enfrentará con la bella Monaghan en la terraza del apartamento, casi pegada a un cielo invernal y plomizo, parece más bien una metáfora ideológica. Se juega ahí una batalla entre la América que juzga inevitable la destrucción y la muerte, partes esenciales de una cultura esquizofrénica, y aquella otra que las disimula bajo una capa hipócrita de eso que llaman "razones humanitarias" o "guerras preventivas". Con otro conflicto en puertas, esta vez en Siria, podrán ustedes llamarme paranoico (y no lo negaré), pero lo cierto es que la película de Ruben me ha interesado más como debate ideológico y cuento de terror urbano que como ejercicio de suspense.


    A favor: Un clima frío y abstracto, que potencia el creciente desasosiego que provoca.


    En contra: Una estructura de thriller frenético que no responde a la realidad, aunque a veces se apodera inadecuadamente de la narración.

     

     




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