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    Niños grandes 2
    Críticas
    2,5
    Regular
    Niños grandes 2

    Fiesta privada

    por Daniel de Partearroyo

    El consabido y exhausto motivo de la inmadurez crónica, reutilizado hasta el agotamiento del lugar común por numerosas manifestaciones de la Nueva Comedia Americana, ha compuesto el núcleo de la obra del cómico Adam Sandler desde los primeros pasos de su carrera cinematográfica —a día de hoy, 'Billy Madison' (Tamra Davis, 1995) sigue siendo epítome y válida última palabra sobre el asunto—. Sandler nunca ha sido un humorista amigo de la sutilidad, más bien todo lo contrario; con él, lo burdo, lo escatológico y lo zafio alcanzan nuevos niveles de explícita destilación. En la coral 'Niños grandes' (Dennis Dugan, 2010), lo que hizo no fue otra cosa que utilizar como principal (o único) reclamo una reunión con sus amigos cómicos para hacer chiquilladas.

    En realidad, es una fórmula nada distinta a la amplia mayoría del resto de sus películas, sólo que en aquel caso, igual que esta secuela, la excusa lúdica es directamente también el núcleo argumental. Chris Rock, Kevin James, David Spade y Nick Swardson —prácticamente sustituyendo el papel que jugó Rob Schneider en la primera parte— vuelven a interpretar versiones desfasadas y embrutecidas de sí mismos como cuarentones luchando contra el paso del tiempo, los achaques, las responsabilidades familiares... conocemos de sobra la canción. Por mucho que el infantilismo y la paternidad siempre hayan estado en el centro de las preocupaciones de Sandler, estas películas se convierten en monográficos que cantan a la unidad familiar, la amistad masculina y los fluidos corporales. Y, de paso, dan trabajo a los colegas: Tim Meadows, Jon Lovitz, Cheri Oteri... el goteo de secundarios es constante.

    Porque si algo demuestra 'Niños grandes 2', igual que su predecesora, es que a Adam Sandler cada vez le importa más juntarse con su gente y menos armar argumentos para sus películas. Estos proyectos tienen la cadencia de una sucesión de sketches —sensación reforzada por la no puesta en escena del director Dennis Dugan, compinche habitual del actor-autor— a los que les falta muy poco para entrar en terrenos verdaderamente anarrativos. Como la extemporánea fiesta ochentera de la secuencia final representa, Sandler vive encerrado en su burbuja de tranquilidad, con mucho dinero y amigos famosos, refugiado en su propio Neverland mental donde tiene la seguridad de que no se verá obligado a crecer jamás. Nosotros, si queremos, estamos invitados a echar un vistazo a sus travesuras privadas ricas en sexismo y flatulencias.

    A favor: La aparición del trío The Lonely Island y otros talentos recientes del 'SNL' como Taran Killam y Bobby Moynihan en la secuencia del lavado de coches.

    En contra: Si no se está muy metido en el mundillo de estos cómicos, se tiene gran empatía hacia ellos o facilidad para la risa floja es complicado encontrarle gracia al asunto.

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