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    Antes del anochecer
    Críticas
    4,5
    Imprescindible
    Antes del anochecer

    La vida como representación

    por Alejandro G.Calvo

    Cronología: 'Antes de amanecer' (1995), 'Antes del atardecer' (2004) y, ahora, 'Antes del anochecer' (2013). Dieciocho años separan la primera vez que Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) se encuentran a bordo de un tren en Viena hasta que, ahora, nos hemos reencontrado con ellos mientas pasean por la campiña Peloponesa. El uso del plural mayestático no es baladí: la historia de amor, encuentros y desencuentros, coqueteos y discusiones, tejida por Richard Linklater y sus intérpretes, es tanto una soberbia crónica de las distintas etapas del romance a través de las décadas como un espejo cónico en el que el espectador (que haya seguido los tres estrenos de las obras) acaba reflejándose a partir de las pulsiones que los personajes viven en la ficción (los personajes crecen, maduran y se estropean al mismo tiempo que su público). Es este, pues, un viaje compartido que arranca a modo de 'Breve encuentro' ('Antes del amanecer'), explota de forma sísmica a lo 'Tú y yo' ('Antes del atardecer') y acaba desarrollando la amargura y el pesar de las relaciones de larga distancia en este cruce entre 'Dos en la carretera' y una versión suavizada de 'Secretos de un matrimonio' que es 'Antes del anochecer'.


    Lo primero que hay que aplaudir, entonces, de esta tercera entrega del romance de Jesse y Celine -la cosa va cogiendo ritmo de ranchera (léase como algo positivo, claro)-, es la lógica aplastante que impone Linklater al desarrollo de la historia de amor: ya casados, padres de gemelas y adentrados en la cuarentena, el matrimonio vive su amor sometido a las complicaciones que implica toda vida adulta. Quizás algunos entiendan la madurez como la feliz culminación de los logros y fracasos obtenidos a través de la juventud, pero lo cierto es que no es más que una nueva etapa donde toca asimilar un cúmulo de nuevas responsabilidades para las que casi nadie está preparado. O como bien muestra la película: la madurez no es más que una representación de lo inmaduros que somos por más que pasen los años (lo dice Celine/Delpy: "creemos que evolucionamos con los años pero lo cierto es que casi no cambiamos"). Para ello cineasta y actores -Hawke y Delpy repiten como coguionistas del film- repiten la modernista fórmula que ha servido para dar entidad a la triada de películas: ellos dos y sus conversaciones (en coche, andando, en una habitación de hotel, en una terraza) son, prácticamente, el único motor de la obra. Diálogos cruzados que sirven tanto para contar cómo se ha llegado hasta ese punto de difícil retorno -cuando los pesares y los reproches predominan sobre la aparente felicidad de la vida en pareja- así como, y es ahí donde la película adquiere un poder desgarrador, poniendo en escena la compleja encrucijada en la que se encuentran: enfrentarse a la separación o aceptar la mentira como representación del amor que aún les ata.

    Son básicamente cuatro o cinco escenas las que se muestran en toda la película (planos largos, diálogos serpenteantes, el cliché reinventado a través del realismo más directo), salpicadas todas ellas de momentos sublimes, que van desde la comedia con un poso amargo hasta el melodrama con las suficientes fugas como para hacer respirable la tragedia. El juego de medias verdades así como la representación de lo que se debería esperar de ellos como individuos y como pareja acerca 'Antes del anochecer' a uno de los cuentos estacionales de Eric Rohmer: esos bellos impasses donde la resignación y la lucha por el otoñal futuro deviene en una tormenta perfecta. Un viaje de la luz a la oscuridad donde los estados de ánimo se van tensando mientras van cayendo preguntas que van de lo retórico a lo, simplemente, incontestable. Normal que la tristeza que emana del film no sea más que la puesta en escena de la realidad vivida, normal también que para poder superarla los personajes deban reinterpretarse a sí mismos, engañándose y engañándonos, para así poder mirar el próximo amanecer con algo parecido a la esperanza.

    Richard Linklater, sin duda, uno de los mejores cineastas americanos de los últimos veinte años -aún estamos esperando que alguien se atreva a estrenar en España 'Me and Orson Welles' y 'Bernie'-, corona así una de las mejores historias de amor que haya dado la historia del cine. Un viaje a través de las distintas edades del romance donde sólo nos queda ya esperar que pasen otros nueve años para poder volver a reencontrarnos con Jesse y Celine, sobretodo, para que nosotros, como espectadores, podamos volver a reencontrarnos con nosotros mismos y así poder entender mejor qué coño significa esto que es la vida.


    A favor: Los actores, la puesta en escena, los diálogos y ese amargo final.

    En contra: No se me ocurre nada.

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