"Passengers" Es Menoscaba Por Las Erradas Tentativas De Jon Spaihts
Acreedora del tercer puesto entre los mejores libretos no producidos de Hollywood (Black List); hace nueve años (2007), el rotulo “Passengers” era una elemental concesión preliminar que se predisponía a dar con un estudio que subvencionara su realización con un coste inicial de 35 millones de dólares y posiblemente protagonizada por los multi nominados Keanu Reeves y Emily Blunt. Eventualmente, Sony Pictures obtuvo los derechos de producción y ficho venturosamente a Morten Tyldum en la dirección para materializarla con el extraordinario monto de 110 millones de presupuesto con el fantasioso fichaje de Chris Pratt y Jennifer Lawrence como líderes del ambicioso proyecto. Hoy, nos presentan una película ya ensamblada, estéticamente soberbia, con potenciales argumentativos inimaginables y con una química concordante entre sus protagonistas, sin embargo, encuentra su mayor quiebre puntualmente en el guion, el cual se desliga infatigablemente de aquella versión original que la establecía entre los mayores proyectos no realizados.
En un futuro contiguo, la humanidad se ve capacitada para emigrar del orbe superpoblado y derruido para partir en busca de espacios habitables ignotos. La nave espacial Avalon transporta a 5.000 pasajeros y a más de 200 miembros de la tripulación en un sueño criogénico para un periplo de 120 años de duración con fin de arribar en Homestead II, el nuevo planeta tierra. Aunque todo parece indicar que el ciclópeo experimento será satisfactorio, la astronave choca intensamente contra un bólido, el cual suscita la avería de una cámara de sueño, la de Jim Paterson, nuestro protagonista. Cada persona dentro de la nave tiene una ocupación única y substancial entorno a la población de la nueva colonia: galenos, microbiólogos, enfermeros, maquinistas, jurisconsultos, etc. Jim es un joven ingeniero, quien rápidamente se percata de que ha despertado 90 años antes del advenimiento oficial, planteándose dilemas éticos y morales tan intrínsecos como el espacio en que se ejecuta la historia. Al estar dentro de un paraíso tecno-transitorio por más de un año, concluye finalmente despertar a un peregrino, y teniendo en cuenta que sería prácticamente inmolarla, las elecciones del protagonista son espinosamente objetables. La súbita nueva integrante de la cosmonave se llama Aurora (Jennifer Lawrence), una escritora de Nueva York que tiene como objetivo redactar un libro sobre su experiencia personal en el nuevo mundo y tonar para tener la historia más asombrosa en el planeta tierra. No obstante, el cumulo de fallos de la inmensa nave y diferentes confidencias narrativas empujaran a la pareja al borde del espacio, literalmente.
La cinematografía de Rodrigo Prieto es inverosímilmente absorbente, es exuberante acompañada del impetuoso diseño de producción, en donde prevalecen los tonos níveos y pardos, los cuales se adecuan divinamente al preludio para entroncar con el aislamiento que acarrea el personaje principal. Conforme progresa, la venida inducida del nuevo ser humano atrae un poco más de garbo con piscinas inmaculadas, restaurantes finos y una travesía tan sínica como cautivadora al mismo espacio estelar. Además, los efectos visuales están a la altura de muchos de los productos hollywoodenses, equivalente e inclusivo superior a algunas de las obras de ciencia ficción más descollantes de los últimos tiempos. Algunos giros en el guion permiten aclamar su mayor espectacularidad, tales como las escenas de perdida de gravedad, el tramo final o los planos exteriores del Avalon discurriendo por la gran vía láctea, maravilloso. Las nuevas tecnologías claves para el desarrollo de la historia son visualmente provocativas y de cierta manera tan realistas que nos hacen ambicionar con un desayuno clase oro mediante nuestro brazalete.
El cometido cardinal que busca conquistar la película es poner al espectador en los zapatos de Jim, sugerirles los complejos disyuntivas del personaje y los deletéreos corolarios que estas pueden irrogar al ser impulsadas por el demonio del silencio. El carisma de Chris Patt en los primeros minutos como naufrago en un tecnológica nave espacial es suficiente para mantener el filme a flote, deambulando semidesnudo con una barba—superfluamente—larga, formulándose materias morales tan trascendentales como el suicidio, una muerte anunciada y la insoportable soledad. Aunque muchos no se percatan, la decisión de Jim debe ser digna de debate y más lo deben ser las acciones posteriores. En la mitad de la película, cuando el amor empieza a manar entre sus protagonistas, es patente el síndrome de Estocolmo y sigilosamente el protagonista puede ser calificado como hostigador. No obstante, ese panorama se encumbre con la dirección de Tyldum, quien se inclina por enfocarse en otras banalidades. Con la llegada de Aurora, los fascinantes conceptos planteados en la primera hora del film de ciencia ficción pasan a un último lugar, ya que opta por concebir un romance insulso, tan esporádico como prolijo. A partir de ahí, la película se quiebra y pierde el terreno que adobaba al lado de “Gravity”, “Interstellar” o la más reciente “Arrival”. Aunque como largometraje romántico funciona excelentemente, es su tercer acto el que lastra decisivamente su prestancia. La mini aparición de Gus Mancuso es remanente y risible; el capitán, quien se levanta, dice sus líneas que tendrán peso entre los acontecimientos y fallece; mejor debió quedarte dormido. Y sumado a esto, su insatisfactorio final, que aunque últimamente no vemos un desenlace tan cerrado en el cine comercial, no es el más pertinente para concluir esta historia futurista que empezó por las nubes y terminó a media dar. Si bien, no es un yerro del aclamado director—quien poseía gran expectativa luego de que su última obra, “The Imitation Game”, estuviera muy presente en diferentes certámenes; y además, el proyecto adquirió mayor intriga por formar parte de la Black List y por una comentada escena sexual por parte de sus protagonistas, la cual, como toda polémica, fue tan mínima que no tuvo importancia—, quien tuvo que ceñirse a los ajustes predeterminados de la historia, historia que reescribió Jon Spaihts, quien deplorablemente decidió alejarse del final original.
Frustrante, una oportunidad perdida. Para quienes asisten a un teatro sin tener en mente honduras ni inconsistencias, “Passengers” es el caramelo predilecto para las audiencias masivas. Para quienes amamos el cine connaturalmente y somos tan severos como objetivos, “Passengers” es un filme irregular, pero esencialmente malogrado. Esta es una muestra fiel de que la inherencia del séptimo arte es narrar una historia, un relato firmemente estructurado, no mera beldad visual. Con un primer tramo que pone en manifiesto nuestras más profundas incógnitas humanas; los excitantes y controvertibles temas que formula se atenúan insensiblemente en un drama-romance sobrante y una típica secuencia final hollywoodense, la cual pudo ser circunstancialmente excelsa abrazando a la original. Nos hace pensar que es otro producto corporativo, pero dentro de nosotros sabemos que Sony dejo caer entre sus manos una cinta que apuntaba a lo más alto.