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    American Honey
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    American Honey

    Una nueva generación

    por Gerard Casau
    “Es como el grito de una nueva generación. ¿Puedes oír su llamada?”, cantaban Suede en New Generation. Una canción que, para este crítico, sigue representando la quintaesencia de los lemas de juventud pero que, con toda seguridad, a los muchachos protagonistas de American Honey les parecería poco menos que prehistórica. Esta brecha generacional (valga la redundancia), podría explicar el frío desconcierto con que la película fue recibida en el pasado festival de Cannes, donde incluso se oyó algún silbido al término de su proyección para la prensa, permitiendo que la sentencia fuese dictada por una crítica a la que, presumiblemente, American Honey les parecerá un objeto un tanto lejano e indiferente.

    American Honey - Cartel
    Pero, ¿qué es lo que se nos escapa de la nueva película de Andrea Arnold? Probablemente, y a falta de revisarla en circunstancias menos ajetreadas, el gran desafío de American Honey estriba en su aparente falta de propósito. En ser una road movie orgullosamente vagabunda, sin destino aparente, del mismo modo que su retrato de juventud no parece tener arcos, ritos de paso ni cierres de etapa. Si, en American Graffiti (difícil obviar el parecido entre los títulos), George Lucas mostraba a unos jovenzuelos hechos un manojo de dudas acerca de su porvenir y del rol que deberían asumir para integrarse en la sociedad, lo que permitía llenar el relato de oráculos y momentos epifánicos, las criaturas que presenta Arnold resultan mucho más pragmáticas, limitándose a actuar en presente, sin plantearse si son aún jóvenes o ya adultos, y sin ningún hogar/lugar que abandonar o al que dirigirse. La excepción a esta norma es Star (debut frente a la cámara de Sasha Lane, quien respira con un fulgor naturalísimo, casi animal), nuestra puerta de acceso al filme, quien, harta de su infierno doméstico, sube a bordo de la furgoneta repleta de chavales a cargo de Krystal (Riley Keough) y Jake (Shia LaBeouf), simbólicos hermanos mayores y responsables de un frugal negocio de suscripciones a revistas variadas.

    Una vez asentado este planteamiento, y con los protagonistas yendo puerta a puertas para vender sus publicaciones, Arnold se dedica a traicionar nuestras expectativas de “evolución” durante las algo menos de tres horas que dura la cinta, dejando que las relaciones entre los personajes se instalen en la repetición de juegos privados y estallidos de camaradería fraternal al son de novísimos ídolos del hip hop, con el hit de Rihanna y Calvin Harris We Found Love como himno estrella. Tan solo la tirante atracción entre los personajes de Lane y LaBeouf depara algún tipo de fluctuación dramática, siempre esquiva. De algún modo, se diría que la cineasta británica quiere que sus personajes existan sin más, sin querer someterlos a un aprendizaje o a cualquier clase de proceso traumático.

    La generosidad de Arnold se traslada también a su mirada (extranjera) sobre Estados Unidos, despreciando la crítica ácida de sus rincones más pintorescos para escarbar en el carácter más espontáneo y generoso del país. Un buen ejemplo de ello es la secuencia en la que, tras una discusión con Jake, Star sube al coche de unos adinerados cowboys otoñales para correrse una juerga con ellos. Como espectadores, estamos esperando que, en cualquier momento, los hombres tuerzan su gesto en una mueca de buey furibundo à là Trump, y se abalancen libidinosamente sobre la muchacha con intención de violentarla. Pero, en lugar de eso, tratan a Star como a una igual, limitándose a compartir con ella lingotazos de tequila. El cine nos ha enseñado a desconfiar de America (sobre todo la America profunda), pero Andrea Arnold pretende restituirle algo de su dignidad benigna, de manera, si bien un tanto inocente, también tonificante.

    En cualquier caso, la intencionalidad de la cineasta se percibe, sobre todo, en la elección del formato académico (constante en casi toda la filmografía de Arnold) para despreciar la magnificencia horizontal del paisaje (si retomamos el paralelismo con American Graffiti, no está de más recordar que la fantasía de George Lucas se soñaba en un pronunciado scope) y no dejar que este arrastre las humildes aspiraciones de Star y sus amigos. En su lugar, prefiere arrullarlos con Dream Baby Dream, la canción de Suicide que, en boca de Bruce Springsteen, se convierte en la nana paternal que contrapuntea un fondo sonoro manifiestamente millennial. Ahora, solo falta ver el teórico público natural de American Honey se hace suya la película, o si la rechazan como el frustrado intento de un mayor de hablar por su boca, condenándola a quedarse en tierra de nadie.


    A favor: La transparente naturalidad de Sasha Lane.

    En contra: Se mire por donde se mire, resulta difícil justiciar las casi tres horas de metraje.

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