Killers of the Flower Moon ( Martín Scorsese, 2023) conforma un profundo y excepcional retrato tanto del mal como de la codicia, racista y sin límites, del hombre blanco. La obra transcurre durante sus tres horas y media tejiendo una tela de araña alrededor de su eje principal (DiCaprio y Gladstone) donde se nos describe tanto su vida cotidiana, como sus relaciones con el entorno y sus experiencias propias para conformar, en base a ellos dos, una fotografía sobre la situación americana. Hombre blanco con mujer osage. Este tándem delimita las bases de aquella América ciega por el petróleo y el racismo que se servía de los matrimonios para chupar toda la sangre y derechos de los osage. La convivencia como método de tortura invidente, una forma de apaciguar a las bestias salvajes antes de cazarlas.
Intentemos hacer una metáfora explicativa (espero) de la estructura y funcionamiento narrativo de la película. Si el gran retrato de la sociedad americana fuese el Sistema Solar, los planetas serían los diferentes personajes, figuras y situaciones que conforman cada retrato particular, y el Sol, el centro de aquella sociedad, lo que todos rodean, la pareja principal, osage y hombre blanco. Por lo que, la película de Scorsese no es un núcleo cerrado, sino uno que se expande continuamente enseñando distintas caras de la moneda. Siempre circulando en base a unos mismos propósitos crueles y malvados que harán de la pareja protagonista una suerte de desdichas.
Así, surge esta película- denuncia que cuanto más se aleja de El nacimiento de una nación (Griffith) más se acerca a Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson) en cuanto a su temática. Porque claro, para encontrar semejantes formales al filme de Scorsese, tienes que retrotraerte a su propio cine, y aún así, te quedas falto. Esto es lo que hace que sea una película tan dura y difícil de pensar. El sello autoral de Scorsese lleva pulido años, aunque parezca que nunca acaba de completar su evolución. Por ello, la película almacena toda la sabiduría de su director, aquí tornado en un estilo menos agitado, menos torrencial, más calmado y en mi opinión, menos convencido de sí mismo. Es decir, compruebo en ciertos momentos una necesidad de su director en subrayar continuamente sus propuestas, aclarando una y otra vez el mismo mensaje, que probablemente, ya había sido recibido por el espectador.
El problema que surge de toda esta habladuría y descripción, en lo personal, es que me quedo falto y deseoso de alma, de emoción. En su larga duración no consulto la hora, pero no descubro ningún cosquilleo ni fascinación como descubría no hace tanto en El Irlandés (2019). Y, esque alomejor, esto es intencionado. Porque parece que Scorsese quiere que estemos continuamente perdidos en su relato. Tan fríos como el ambiente en aquel pueblo al que están violando, sin saber de quién desconfiar o en qué confiar, cuando lo que sale por la boca de los personajes no es lo mismo que hacen sus manos. Probablemente, Scorsese quiere que entremos en el último aliento de una cultura que jamás volvería, sin dejar paso a nada más que la deshumanización y frialdad de ese mundo en ruinas. En todo caso, pido sentir algo más, y a lo mejor estoy obrando mal, pero me gustaría sentir el alma de la película cerca mía como tantas veces ha conseguido su director. La considero, finalmente, una película excelente, pero que tiene un agujero en su interior, o que yo por lo menos, no lo he podido rellenar.
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