Me pareció una comedia de terror simpática, sin más, pero con su gracia. No es una película enorme ni una joya escondida, y desde luego está muy lejos de la frescura de Tucker & Dale contra el mal, pero tampoco creo que haya que pedirle más de lo que ofrece. Es una parodia ligera de las historias de niños diabólicos, hecha para pasar un rato, reírse de sus referencias y disfrutar de una tontería satánica que no se toma demasiado en serio.
La premisa funciona porque es sencilla y reconocible: un hombre se casa con la mujer de sus sueños y de pronto tiene que ejercer de padrastro de un niño que quizá sea el Anticristo. Ahí hay una idea bastante graciosa, porque mezcla el miedo sobrenatural con algo muy cotidiano: intentar caerle bien al hijo de tu pareja, sentirte fuera de lugar en una familia ya formada y descubrir que la paternidad impuesta puede ser un pequeño infierno. En este caso, literalmente.
Lo que más me gustó es que entiende bien el chiste de fondo. Gary no es un héroe de terror, sino un pobre tipo intentando hacer las cosas bien, aunque todo a su alrededor le grite que salga corriendo. Adam Scott tiene ese punto torpe, inseguro y buenazo que hace que el personaje caiga simpático. Su sufrimiento como padrastro tiene gracia porque está planteado desde lo doméstico: convivir, educar, ganarse al niño, sobrevivir a los silencios incómodos y a una madre que quizá no quiere ver lo evidente.
La película vive mucho de sus guiños. La sombra de La profecía es clarísima, pero también hay ecos de El resplandor, Poltergeist, El exorcista, Los cazafantasmas y todo ese imaginario de terror popular que la película usa como juguete. No siempre son referencias finas, pero sí reconocibles y bastante disfrutables si entras en el juego. Me hizo gracia precisamente cuando abraza su condición de parodia sin intentar parecer más lista de lo que es.
También agradecí algunos detalles absurdos, como el grupo de apoyo de padrastros, que quizá es una de las ideas más divertidas. Esa manera de llevar un problema familiar real al terreno del disparate demoníaco le da bastante vida. Los padres hablando de sus traumas cotidianos, de lo difícil que es encajar en una casa que no era la tuya y de cómo sobrevivir a hijos ajenos que te miran como intruso tiene más chispa que varias escenas de terror más convencionales.
Evangeline Lilly está correcta como madre enamorada y bastante ciega ante lo que pasa, aunque el personaje no sea especialmente profundo. La película la usa más como ideal romántico de Gary y como motor de la negación que como figura con verdadera complejidad. Aun así, funciona dentro del tono. El niño, por su parte, tiene ese aire inexpresivo y siniestro que pide la broma. No necesita hacer mucho: basta con mirar, callar y parecer que sabe más de lo que debería.
El humor, eso sí, es irregular. Hay momentos que me parecieron realmente graciosos, otros que simplemente me sacaron una sonrisa y algunos que se quedan bastante cortos. La película tenía una premisa para ser mucho más salvaje, más macabra y más memorable. A veces parece que va a desmadrarse, pero se frena justo cuando podría convertirse en algo más gamberro. Se queda en una zona amable, de comedia negra suavizada para plataforma, y eso limita bastante su alcance.
También decae hacia el final. La primera parte tiene más gracia porque juega mejor con la sospecha, la incomodidad familiar y las referencias al cine de terror. Cuando la trama entra más de lleno en sectas, rituales y resolución, pierde parte de su encanto. No se hunde, pero se vuelve más rutinaria. La parte paródica sigue ahí, pero ya no sorprende tanto y algunos chistes empiezan a repetirse o a perder fuerza.
Aun así, no me parece justo machacarla como si hubiera querido ser una gran película de terror o una comedia revolucionaria. Su objetivo es bastante modesto: hacer una versión ligera y satánica de la ansiedad del padrastro, reírse de La profecía y compañía, y dar un rato agradable sin demasiadas exigencias. En ese nivel, cumple más veces de las que falla. Es una bobada, pero una bobada consciente.
Entiendo a quienes la ven sosa o desaprovechada, porque podría haber sido bastante mejor. Le falta mala leche, le falta ritmo en algunos tramos y le sobran soluciones fáciles. Pero también entiendo a quienes la defienden como una comedia infravalorada para ver con amigos, porque cuando conectas con su tono tiene momentos de verdadera gracia. No es brillante, pero tampoco es un desastre.
Al final, me queda como una película pequeña, tontorrona y simpática. Una parodia de niños demoníacos que se apoya en Adam Scott, en sus referencias y en la idea divertida de convertir la vida de padrastro en una pesadilla satánica. No da miedo, no siempre hace reír y podría haber apretado mucho más, pero se deja ver con agrado. Para mí es una comedia menor, irregular, pero con suficientes paridas buenas como para aprobarla.