Me funcionó bastante, sobre todo porque empieza pareciendo una película de terror relativamente convencional y acaba llevándote a un terreno mucho más raro, más exagerado y más divertido de lo que esperaba. No me parece una gran película, ni una obra redonda, pero sí una de esas propuestas de Netflix que, con todos sus problemas, terminan ganándose cierta simpatía porque se atreven a desmadrarse. Durante buena parte del metraje puede parecer una casa encantada médica más, pero su tramo final le da una personalidad que agradecí.
La premisa tiene gancho: un niño enfermo, una casa clínica que parece demasiado perfecta, unos padres desesperados y un tratamiento experimental que desde el primer momento huele a encierro, control y secreto. Me gusta esa mezcla entre hospital, mansión, laboratorio y prisión. El protagonista no solo tiene miedo de lo que pueda haber dentro, sino también del propio aire, del exterior, de su cuerpo y de los adultos que dicen querer salvarlo. Ese punto de paranoia funciona bien.
La película sabe crear una atmósfera bastante inquietante. Los pasillos blancos, las habitaciones selladas, los trajes protectores, las normas médicas y la sensación de que todo está demasiado controlado generan una incomodidad clara. No es el típico caserón gótico lleno de polvo, sino un espacio limpio, frío y supuestamente seguro que acaba resultando amenazante. Esa limpieza casi hospitalaria le da un aire distinto al terror de casa encantada.
También me gustó que durante un rato juegue con varias posibilidades. ¿Es una enfermedad real? ¿Hay algo sobrenatural? ¿El niño está viendo fantasmas? ¿Los médicos ocultan algo? ¿Los padres saben más de lo que dicen? La película no siempre maneja esas dudas con sutileza, pero sí mantiene la curiosidad. Incluso cuando recurre a sustos y recursos bastante conocidos, hay suficiente misterio para seguir mirando y querer saber hacia dónde va.
El niño protagonista me parece una pieza importante. No es solo una víctima pasiva: transmite miedo, enfado, cansancio y desconfianza. Se entiende que esté harto de vivir encerrado, de depender de todos, de que su cuerpo sea una cárcel y de que los adultos hablen de él como si fuera un problema que arreglar. Esa sensación de vulnerabilidad ayuda a que la película tenga algo más que sustos, aunque no siempre profundice todo lo que podría.
Los adultos funcionan mejor cuando resultan ambiguos. La doctora, los padres, las personas que rodean al tratamiento... todos parecen tener una parte de verdad y otra de mentira. Ahí la película encuentra su mejor tensión: no saber exactamente de quién fiarse. Lo médico y lo religioso, lo científico y lo sobrenatural, lo protector y lo abusivo empiezan a mezclarse hasta que la casa deja de parecer un refugio y se convierte en una trampa.
Ahora bien, no todo funciona. La primera mitad puede resultar algo mecánica, con sustos previsibles y escenas que parecen sacadas de un manual de terror de plataforma. Hay momentos en los que la película no termina de decidir si quiere ser terror psicológico, fantasmas, conspiración médica o posesión encubierta. Esa mezcla es parte de su gracia, pero también de su desorden. A ratos da la sensación de que está colocando piezas sin tener todavía claro cómo van a encajar.
También entiendo a quienes dicen que depende demasiado de su giro final. Es verdad que gran parte de la película gana retrospectivamente gracias a ese desenlace, y eso siempre es arriesgado. Si el giro no te entra, todo lo anterior puede parecer una acumulación bastante tramposa. Pero a mí sí me funcionó. No porque sea perfecto, sino porque convierte una película correcta y algo rutinaria en algo más loco, más descarado y más memorable.
El último tramo es lo que más recuerdo. Ahí la película se quita el disfraz de terror contenido y abraza una especie de exceso sobrenatural que puede parecer absurdo, pero que a mí me resultó entretenido. Prefiero que una película imperfecta se atreva a irse por un camino raro antes que quedarse en una rutina educada de sustos sin alma. Ese final no arregla todos los problemas, pero sí le da una identidad que no esperaba.
Al final, me queda como una película irregular, pero disfrutable. Tiene buena atmósfera, una premisa atractiva, un protagonista que transmite vulnerabilidad y un giro final que la eleva por encima de lo que parecía al principio. No es fina, no siempre es coherente y a ratos se nota demasiado su dependencia del truco, pero me lo pasé bien. Como terror de tarde, con misterio, encierro, enfermedad, secretos y una resolución bastante desatada, me parece más simpática de lo que su fama podría hacer pensar.