Hay películas que viven o mueren por su premisa. Oxygen parte de una idea muy sencilla y muy arriesgada: una mujer atrapada en un espacio cerrado sin recordar cómo ha llegado allí. Es inevitable pensar en Buried, aquella de Ryan Reynolds bajo tierra, pero aquí el enfoque es distinto. Más tecnológico, más frío, más cercano a la ciencia ficción que al puro thriller de supervivencia.
Lo que funciona desde el principio es la tensión. Alexandre Aja demuestra que no necesita grandes escenarios para generar angustia. La cámara se mueve con inteligencia dentro de un espacio mínimo y consigue que ese entorno reducido nunca resulte visualmente plano. Hay ritmo, hay urgencia, y la sensación de que el oxígeno —literal y narrativamente— puede agotarse en cualquier momento.
Gran parte del mérito es de Mélanie Laurent. Sostener casi toda la película desde un único encuadre exige una presencia enorme, y ella la tiene. Transmite vulnerabilidad, desconcierto y determinación sin caer en el exceso. Es fácil conectar con su desesperación, y eso mantiene el interés incluso cuando la historia empieza a revelar sus cartas.
Es cierto que, a medida que se desvelan los misterios, la película pierde algo de la pureza inicial. La intriga es más potente cuando no sabemos nada. Cuando las respuestas llegan, el impacto disminuye ligeramente. Aun así, el conjunto se mantiene sólido y no se derrumba, algo que no siempre ocurre en este tipo de propuestas cerradas.
Oxígeno es un thriller contenido, eficaz y muy bien dirigido. No reinventa el género ni ofrece un giro absolutamente demoledor, pero sí consigue algo más difícil: mantener la tensión casi constante durante todo su metraje. Es entretenida, claustrofóbica y lo bastante inteligente como para dejar buen recuerdo.