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    Los hambrientos
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    Los hambrientos

    Una cuestión de distancia

    por Carlos Losilla

    Este quinto largometraje del canadiense Robin Aubert empieza con una constatación muy típica del género fantástico: ¿por qué es tan extraño lo que nos rodea? No se trata de una apreciación metafísica, sino de una observación fenoménica, sobre todo desde el momento en que eso es precisamente lo que sucede. Una serie de personajes, que se van presentando poco a poco y por separado, constatan que su entorno no responde al estatus de normalidad que le habían asignado. De repente, en el marco de lo que parece una carrera de Fórmula 1, una chica que podría estar acechando a su pareja, sorprendiéndola in fraganti en un acto de infidelidad, se abalanza sobre ella para agredirla gravemente. No es una amante despechada, sino un monstruo. Y un monstruo parecido a esos vampiros o zombis que hemos visto ya en otras películas. Que comen carne humana o chupan la sangre. Que necesitan del cuerpo del otro para sobrevivir. ¿Y no es eso el amor? En La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, los otros son el infierno, que diría Sartre trastocando un poco su propio discurso, pues se trata de los vecinos de siempre poseídos por algo que los convierte en ausentes, en Otros con mayúscula. En La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, alguien que parece presentar sus respetos a los difuntos en un cementerio se revela finalmente una bestia salvaje, un ser que ya no es ser, que solo quiere comernos. En este sentido, Los hambrientos es una película que duda del amor de los otros: quizá ese vecino que nos parece tan amable –que nos ama de una manera fraternal y civilizada-- solo quiere nuestra sangre. Y por eso se convierte a veces en un tipo odioso y despreciable, al que debemos mirar con distancia, con el que debemos tener cuidado. 

    Los hambrientos - Cartel

    Aubert utiliza el espacio para dejar clara esa distancia que hay que tomar: de repente, un cuerpo atraviesa el plano como poseído, o bien se trata de un chorro de sangre que está a punto de atravesar la cuarta pared, esa que la pantalla comparte con su espectador. O bien ese tipo que aparece a lo lejos… ¿quién será?, ¿qué quiere? Mantengamos, pues, las distancias. En Los hambrientos, el mundo es una carrera enloquecida, puede que de Fórmula 1 –la metáfora aparece dos veces--, en la que nos debemos apartar de los demás si queremos llegar a la meta sanos y salvos, en este caso a la ciudad, procedentes de un entorno rural en el que todo puede suceder, en el que los zombis pueden hacerse presentes en cualquier momento. Aubert no da ninguna pista, no sabemos por qué los zombis se han convertido en zombis, qué ha causado esa transformación. Tampoco se nos dice cómo empezó esa pesadilla, pues la película se inicia in media res, cuando ya no se puede hacer nada por remediar la situación. Se trata únicamente de sobrevivir. Quizá de sobrevivir a la extrañeza, a la sorpresa de descubrir que nuestros semejantes son capaces de atacarnos en cualquier momento. ¿Es Los hambrientos una metáfora sobre Canadá, sobre ese país dividido que se quiere mostrar al mundo como un remanso de paz, de esa naturaleza idílica que en el fondo oculta los horrores más inimaginables? Podría ser, pero no podemos asegurarlo, pues el estilo de Aubert es lacónico, inexpresivo, lo mira todo con extrañeza, desde una perspectiva siempre elíptica: los personajes aparecen no se sabe muy bien cómo, poco a poco se van reuniendo, se reconocen como supervivientes de eso que está pasando y que no saben muy bien qué es, y también poco a poco se van separando, sucumbiendo al horror o uniéndose a él. 

    Los hambrientos encuentra en ese punto su mayor fuerza y su principal inconveniente. Pues se trata a la vez de una forma original de enfocar el tema y de un tópico del género, quizá demasiado manido. El grupo que se reúne a partir de unas cuantas vidas individuales, y por lo tanto muy distintas, y que luego se va diluyendo por la progresiva desaparición de sus integrantes antes de alcanzar la meta, forma parte de una estrategia que no siempre funciona. Eso crea los momentos más banales de la película, y sin embargo también sus imágenes más memorables, como por ejemplo eso que supone ver al protagonista al lado de su amigo negro, primero contando chistes, luego sospechando algo y separándose para averiguar qué es, finalmente de nuevo reunidos pero con el compañero mortalmente herido. Encuentro y separación. De nuevo la distancia. Del mismo modo, la violencia es seca y restallante, los ataques de los zombis se muestran a veces de manera oblicua, sin incidir demasiado en su lado más gore. Eso está bien, pero entonces una ráfaga musical, o un susto torpe y mal filmado, ensombrecen de nuevo las virtudes del film. No importa, sin embargo, por lo menos en el balance final. Aubert ha hecho una película de terror elegante, que se abre a múltiples interpretaciones precisamente por su negativa a ser demasiado explícita, y que finalmente encuentra su tono en un humor negro de extrema ferocidad –el amigo imbécil que muere por un error absurdo--, como si los chistes y los gags la única manera de sobrevivir en un entorno insoportable. Eso también es distancia, miren ustedes por dónde. 

    A favor: La sequedad, el laconismo, el humor negro, la concepción del espacio. 

    En contra: Los resabios más elementales del género del terror, desde los sustos a la música incidental. 

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