Un remake irregular que no traiciona sus orígenes.
Veo esta versión moderna inevitablemente condicionado por la experiencia vivida con la sueca. No es tanto una comparación constante -realmente en el fondo sí, tiene que cumplir la condición de remake-. La película mantiene la forma intacta: misma estructura, mismas situaciones, mismo esqueleto emocional, hasta mismos diálogos. Pero la esencia es otra, más domesticada, más amable, más consciente de sus propias cualidades. Y lo entiendo: no ha de ser completamente exacta, sino más bien, una redefinición sin traicionar los orígenes. Aquí la letra cambia, aunque el mensaje principal sigue siendo reconocible.
El problema es que, en ese proceso, muchas escenas se sienten torpes, incluso hasta cutres, como si el film dudara entre abrazar el drama o refugiarse más en la comedia blanda. Los personajes tienen menos carisma y gracia que una piedra; cuesta conectar con ellos en el principio, aunque con el avance del relato terminen ganándose mi cariño. Es una sensación constante de artificio, especialmente en los diálogos, que rozan lo estúpido y debilitan el impacto de lo que debería ser más íntimo.
Tom Hanks, el ancla de todo esto. Sin él, Otto estaría peligrosamente cerca del intento fallido. Hanks consigue hacerse con el personaje trasladando su rigidez, su cansancio vital y su dolor de forma creíble y natural. No es la actuación más memorable que he visto en mi vida, pero sí una demostración clara de oficio y presencia. Mariana Treviño, por su parte, construye un personaje tan marcado que oscila entre lo entrañable y lo paródico; me provoca una relación de amor-odio constante. Es una decente interpretación, aunque su exceso hace que a ratos me saque de la historia.
Es una analogía clara sobre el precio del amor: amar lo vale todo, incluso quedarse vacío después. El mundo está lleno de idiotas, convirtiéndose en un obstáculo constante, aferrándose uno al dolor interno y negándose a ser ayudado. Saber ver el mundo de otra forma, no tan ofuscado, bloqueándose en la idea de que nada vale la pena y que lo nuevo mata lo antiguo. Negarse a aceptar la mano que quiere ayudar, negarse a aceptar que las heridas son del pasado y no han de cocer el presente. Un buen cuento de aceptación y negación que en su ejecución no termina de convencerme del todo, aunque funciona como remake. Con concesiones evidentes, pero sin traicionar los orígenes -refiriéndome siempre a la película sueca, no al libro en el que se basan-. Los flashbacks pierden peso, el guion es irregular y una sensibilidad que, en su intento por agradar, diluye parte de la crudeza que hacía especial a la historia original.