Esta versión de The King tiene algo curioso: se deja ver con facilidad, incluso con cierto interés, pero nunca termina de levantar el vuelo. Funciona como una revisión deliberadamente anti-shakespeareana, más preocupada por desmontar el mito de Enrique V que por glorificarlo. Eso la hace distinta, sí, pero también más fría y menos memorable de lo que podría haber sido.
Timothée Chalamet compone un rey introspectivo, contenido, casi apagado. No está mal, pero tampoco impone. Su Henry parece siempre a medio camino entre el peso del trono y una melancolía algo plana, y eso acaba restándole fuerza al conjunto. La película se apoya más en el tono y en la atmósfera que en el carisma de su protagonista, y ahí se nota cierta falta de músculo dramático.
Donde la película gana aire es en los secundarios. Joel Edgerton aporta humanidad y presencia, y Robert Pattinson, directamente, se come cada escena en la que aparece. Su Delfín de Francia es excesivo, ridículo y consciente de serlo, y paradójicamente es el único personaje que parece entender que esta historia también admite ironía y desvío. Su aparición rompe la solemnidad y deja claro que había margen para algo más arriesgado.
Visualmente, David Michôd opta por un realismo sucio, con batallas pesadas, barro, cuerpos y cansancio. No hay épica grandilocuente, sino desgaste. La guerra aquí no es heroica, es incómoda y confusa, y ese enfoque funciona… aunque a ratos resulte demasiado plano o reiterativo. La película se toma muy en serio a sí misma y, en ocasiones, eso juega en su contra.
Al final, The King queda como una propuesta correcta, seria y bien interpretada, pero algo impersonal. Interesa más como ejercicio de desmitificación que como gran drama histórico. Se agradece la intención, se disfruta por momentos, pero cuesta recordar algo verdaderamente poderoso una vez termina. Un rey distinto, sí, pero no uno que deje huella.