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    Alcarràs
    Críticas
    5,0
    Obra maestra
    Alcarràs

    Pedazos de vida al natural

    por Alejandro G.Calvo
    Que Alcarràs sea buenísima no debería sorprender a nadie porque ya era buenísima Verano 1993 (Estiu 1993, 2017). Donde sí sorprende, y mucho (y para bien), la nueva película de Carla Simón (Barcelona, 1986), es en el cambio de escala y perspectiva. Si en su primer largometraje la directora buceaba en sus recuerdos de infancia a través de una película que mezclaba actitud rosselliniana -retrato de un tiempo y lugar nítidamente realista abordando hechos dramáticos sin aspavientos ni subrayados- junto a un impresionismo desplazado -al vehicular la narración a través del testimonio de la niña protagonista lo que estamos viendo es la puesta en escena de una mirada-, en Alcarràs la apuesta es aún más audaz y arriesgada. De la mirada individual pasamos al retrato colectivo, es decir, del POV de una niña pasamos a un retrato poliédrico de todos los componentes de una familia que, de tan veraz que resultan las imágenes y emociones vertidas, uno realmente cree que son una familia real y no un conjunto de actores no-profesionales que parecen darse vida a sí mismos sin dejar de ser partes realmente sutiles e inteligentes de una ficción construída como tal. Simón vuelve a ese neorrealismo que también practicara la realizadora italiana Alice Rohrwacher en El país de las maravillas (2014) y que, en el fondo, tiene algo también del primer Kiarostami al ser capaz de retratar a la infancia con una naturalidad y veracidad realmente pasmosa. Hay aquí mucho genio, talento e inteligencia.

    Alcarràs, película a la que da nombre el pueblo homónimo situado en Lleida, parte de una anécdota dramática -el terrateniente dueño de unas tierras que trabaja una familia de campesinos desde tiempos de la Guerra Civil, cedidas en contrato moral y con un apretón de manos, decide arrebatarles las tierras para arrasar con las cosechas e instalar en su lugar un parque solar- que, para los protagonistas (y para nosotros como espectadores) es en realidad un armageddon. Es el fin del mundo tal y como lo conocían, tal y como lo conocen. Hay algo irremediablemente fordiano en el asunto: los tiempos (económicos) avanzan y se llevan todo por delante. Ya no sólo es el fin del sustento familiar, sino el fin de la propia familia (también hay algo de Ozu, claro). Pero la puesta en forma que Simón aplica a su relato no tiene mucho que ver ni con Ford ni con Ozu y sí, como decía, con ese cine italiano -de Vittorio de Sica (El limpiabotas, 1946) a Ermanno Olmi (El árbol de los zuecos, 1978)- que se acercaba a las miserias de la vida con la mirada limpia y la rabia en la sangre. Simón mantiene una actitud férrea en su puesta en escena, tremendamente sólida, de principio a fin de la película (y eso que el contra-plano final de la familia viendo como su mundo desaparece sería lo más artificial de la película). La clave está en la intimidad que es capaz de exprimir a su relato, manejando la cámara (principalmente en mano, pero sin movimientos bruscos) como si no existiera diferencia entre interiores y exteriores. Es cuestión de distancia púdica: la cámara es un personaje invisible que habita en el corpus familiar y es testigo privilegiado de las alegrías y de las tristezas de la familia protagonista. Se acerca lo suficiente como para que el espectador forme parte de la vida de la pantalla y se aleja lo necesario para que dicha experiencia sea permeable en su medida justa. Por eso la película transpira tanta realidad: no porque capte la realidad en sí misma sino porque es capaz de convertirla mediante el lenguaje cinematográfico en una nueva realidad que, sin dejar de ser mímesis de la misma, es aún superior (el pensamiento clave del realismo entendido según el padre crítico André Bazin).

    Pedazos de vida, pedazos de realidad, que permanecerán ya para siempre gracias a la alquimia de Alcarràs. Tiempos de memoria a la Marcel Proust -esos caracoles a la brasa, ese trago de vino en porrón, esa fiesta popular, esas niñas coreografiando un baile- que, sin dejar de ser la vida misma, se convierten en puro cine, mejorando nuestras vidas irremediablemente.




    DE QUÉ VA


    Alcarràs es el pueblo de Cataluña en el que transcurre la historia de la familia Solé, un grupo de humildes trabajadores que, generación tras generación, han cuidado de árboles frutales. Ahora las cosas han cambiado y los jóvenes no quieren dedicarse al duro trabajo del campo. Han ido a la escuela, tienen estudios y se imaginan su vida lejos del ámbito rural. Un día, se despiertan para descubrir que unos tractores están arrancando sus árboles. Después de que el patriarca se haya marchado, el acuerdo que tenían con el antiguo propietario peligra. No es solo lo que les da de comer, también es a lo que han dedicado su vida y que han visto crecer día tras día. Ante esta amenaza, jóvenes y adultos se unirán para cosechar sus melocotones por última vez.
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