Me decepcionó porque tenía una base muy atractiva para funcionar mucho mejor. Una familia que llega a Madrid en los años setenta, un piso antiguo en Malasaña, la promesa de una vida nueva, secretos dentro de la casa y una presencia que empieza a romper la ilusión de progreso. Sobre el papel había mucho material: terror, transición, precariedad, familia, ciudad, superstición y esa sensación tan española de mudarte a un sitio con historia y descubrir que la historia no te quiere allí. Pero la película acaba siendo bastante menos inquietante de lo que prometía.
Lo mejor está en la primera mitad. Ahí sí hay ambiente, sí hay curiosidad y sí funciona la idea de una familia humilde intentando abrirse camino en una ciudad que parece ofrecerles futuro mientras el piso va revelando otra cosa. La casa tiene presencia, los pasillos pesan, las habitaciones parecen guardar algo y el contexto de los setenta le da un punto interesante. Durante un rato pensé que podía salir un terror español sólido, con más atmósfera que espectáculo y con cierta lectura social de fondo.
El problema es que esa promesa se va diluyendo. La película empieza a tirar cada vez más del susto fácil, del golpe sonoro, de la aparición preparada y de los recursos más reconocibles del subgénero de casas malditas. No digo que no haya momentos efectivos, porque alguno hay. Pero me dio la sensación de que, cuanto más avanzaba, menos confiaba en su propia atmósfera y más necesitaba empujar al espectador a base de ruido. Y eso, para mí, le resta mucha fuerza.
También me molestó que no termine de aprovechar el potencial del escenario. Malasaña, Madrid, una familia recién llegada, la época, la vivienda como promesa y como trampa… todo eso podía haber dado una película más incómoda y con más personalidad. Pero muchas veces el contexto queda como decorado bonito para una historia de terror bastante convencional. Hay una intención de unir fantasmas, represión, familia y trauma, pero no siempre se desarrolla con profundidad. A ratos parece que la película tiene una metáfora potente entre manos y no sabe qué hacer con ella.
El reparto está correcto y la producción es cuidada. No parece una película pobre ni descuidada. Se nota trabajo en la ambientación, en la casa, en el sonido y en la construcción visual de algunos momentos. Pero eso no basta si el miedo no crece de verdad. El terror necesita algo más que una buena localización y sustos bien colocados: necesita inquietud, progresión, amenaza y una sensación de que el mal tiene una lógica interna. Aquí muchas veces la maquinaria se ve demasiado.
Hay personajes y decisiones que no me convencieron. Algunas reacciones parecen forzadas, ciertos elementos entran para complicar el misterio sin que luego pesen como deberían, y la historia se vuelve más literal de lo que le convenía. En este tipo de películas, explicar demasiado puede ser casi tan peligroso como no explicar nada. Cuando el terror se convierte en un listado de claves, traumas y revelaciones, pierde parte de su misterio. Y aquí, para mí, el desenlace intenta cerrar tanto que termina quitando oscuridad a lo que podía haber sido más perturbador.
La comparación con otras películas españolas de terror tampoco le favorece. No porque tenga que ser otra cosa, sino porque el cine español ha demostrado que puede trabajar muy bien el miedo desde lo familiar, lo religioso, lo cotidiano o lo social. Esta tenía elementos para entrar en esa línea, pero se queda en una versión más industrial y menos inspirada. Funciona mejor como producto que como experiencia. Está hecha con oficio, sí, pero no me dejó una huella real.
Entiendo que a algunos les funcione como película de sustos: tiene ritmo, tiene momentos tensos, tiene una casa inquietante y entrega bastante de lo que promete a quien busque terror directo. Pero yo esperaba algo más. Esperaba que me incomodara, que me metiera más en esa familia, que usara mejor Madrid y que el pasado de la casa no terminara pareciendo una explicación demasiado ordenada. Me quedé con la sensación de que había una película mucho más interesante escondida detrás de sus fuegos de artificio.
Al final, me parece una película floja y decepcionante, aunque no un desastre absoluto. Tiene una primera mitad prometedora, una ambientación atractiva y algunos sustos que pueden funcionar, pero se apoya demasiado en trucos conocidos y no consigue transformar su premisa en una experiencia verdaderamente inquietante. Quería que me gustara más, porque la idea y el contexto daban para ello. Pero terminó pareciéndome un terror correcto de superficie, demasiado convencional y menos memorable de lo que necesitaba ser.