Uno a veces cae en la creencia de que el cine está muriendo, y no, para nada, está más vivo que nunca. No hay mejor época para hacer cine que esta, y Proyecto Salvación es la clara evidencia.
Esta es de esas películas por las que uno ama el cine, de aquellas que a uno le hacen pensar "ojalá algún día Dios me dé la oportunidad de rodar algo así". Sobre todo, hoy en día, que llega en un momento donde Hollywood vive de remakes, de universos que ya conocemos de memoria, de secuela tras secuela y reciclaje sobre reciclaje. Que un proyecto original, sin IP previa detrás, se la haya jugado con este presupuesto (~200 millones USD) y esta ambición, es una nota.
La historia sigue a Ryland Grace, un antihéroe reacio de pies a cabeza: no es astronauta por vocación, es un profesor de secundaria sin una pizca de ambición heroica, y —esto es lo que más me gustó— la película nos lo va soltando poquito a poquito. Mientras en el presente lo vemos solo en la nave, ya con sus dos compañeros muertos, cumpliendo la misión, los flashbacks nos arman el rompecabezas de cómo llegó ahí. Es casi al final cuando se revela que él nunca se subió a la nave por su propia voluntad, sino que lo obligó el gobierno. Una historia cruel, que pone en duda la propia ética y moral del público, pero que inevitablemente humaniza toda la premisa de "salvar al planeta" y aleja al protagonista por completo del típico explorador valiente que se ofrece de voluntario.
La misión es sencilla de contar y brutal de sentir:
los científicos descubrieron una línea infrarroja bautizada como “Línea de Petrova”. En esa línea hay un microorganismo llamado "astrófago", que consume la energía del Sol para viajar a Venus, que es el planeta con más nitrógeno del sistema solar (elemento del que dependen estas bacterias) y predijeron que causaría una edad de hielo catastrófica en 30 años que borraría a la humanidad del mapa. Luego de saber que estos bichos están consumiendo estrellas cercanas al Sol. El gobierno le da a Grace un pasaje de ida hacia el sistema Tau Ceti, la única estrella cercana que no ha perdido brillo, para investigarla y encontrar una solución a este problema. Nomás hay que recordar, que no existe combustible para volver. Se lo dicen de frente cuando le proponen la misión: va a morir en el espacio, no hay combustible de regreso. Pero la información debe regresar a través de sondas espaciales.
En medio de esa soledad absoluta, aparece un alien rocoso con forma de araña. Ni de cerca humanoide, ni de cerca "bonito" a primera vista. Que resulta estar cumpliendo exactamente la misma misión para salvar a su propio planeta (Erid). Sin idioma compartido, sin rostro, sin nada en común más que el propósito de sus misiones, este par arma una de las amistades más genuinas y humanas que he visto en pantalla desde hace rato.
Tanto que cuando por fin consiguen la respuesta (una bacteria depredadora que se alimenta de los astrófagos) y toman caminos separados de vuelta a sus planetas, Grace se enfrenta a la decisión crucial: usar el poco combustible que le queda para volver a la Tierra como héroe, o gastarlo en salvar a Rocky, cuya nave corre peligro porque el depredador evolucionó para alimentarse del Xénon. Y elige lo segundo. No hay recibimiento de héroe. Grace salva a Rocky y se queda en su planeta mientras se piensa regresar a la Tierra.
Esa negativa final es complaciente y también es de las decisiones más valientes que le he visto tomar a una película de 200 millones de dólares.
Las comparaciones son inevitables y las entiendo: Interstellar, Arrival, 2001, Gravity, y sobre todo The Martian, que es prácticamente su prima hermana (comparten autor y guionista). Ryland Grace tiene parecidos muy deliberados de Mark Watney: ambos resuelven lo imposible a punta de ingenio y humor, aunque Grace, al no tener entrenamiento astronáutico, se siente más vulnerable.
Y la película se permite guiños bien bonitos: el nombre de Rocky sale de la saga Rocky, su pareja se llama Adrian en honor a Adrian Balboa, hay sondas espaciales bautizadas como cada integrante de los Beatles, un saludo a Encuentros cercanos del tercer tipo, y ese uso tan certero de "Sign of the Times" de Harry Styles en el tercer acto. Pero lo que me encantó fue el cierre con "Gracias a la Vida" en la versión de Mercedes Sosa:
un gesto que tiene un peso simbólico enorme, porque la amenaza de esta historia no es solo gringa, es de toda la humanidad.
Técnicamente esta película es una berraquera. La fotografía de Greig Fraser, comparable a lo que hizo en Dune, juega con el cambio de relación de aspecto: panorámico convencional en la Tierra, formato IMAX completo en el espacio, un recurso que marca visualmente el salto de escala y de soledad. La música de Daniel Pemberton es heredera directa del tono de WALL-E, con coros y texturas que nunca se imponen y que terminan funcionando casi como un personaje más en los momentos de mayor soledad de Grace. Y hay una decisión que celebro mucho: construir a Rocky con marionetas físicas en vez de CGI. Eso habla de una filosofía completa detrás de la película, la misma confianza casi religiosa en el método científico y en lo artesanal que tenía el autor del libro, trasladada al equipo técnico. Se nota, se siente, uno se encariña con Rocky sin que en ningún momento parezca ficticio.
He leído críticas que le dan duro al montaje, que dicen que estira el clímax más de la cuenta. Y con todo respeto, no estoy de acuerdo. La estructura que alterna presente y pasado dosifica la información sin caer en la explicación forzada, sigue el camino del héroe desde la llamada a la aventura, la mentora que empuja al protagonista, en este caso Eva Stratt interpretada por Sandra Hüller, la prueba final y la transformación. Pero rompe a propósito con el clímax esperado. Y esa ruptura, aunque estire un poco el metraje, nunca deja de sentirse necesaria, lógica y honesta. En ningún momento cuestioné una sola decisión de Grace.
Lo que más me atrapó fue que la ciencia, junto a la amenaza planetaria, son conflictos tan técnicos que terminan siendo profundamente humanos. La cámara privilegia todo el tiempo la relación entre Grace y el espacio que habita, para que veamos su psicología: un tipo que no quiere ser salvador de nadie, que comete errores, que tiene miedo, y cuyo arco completo consiste en aceptar un sacrificio que jamás habría elegido por su propia cuenta. La ciencia se vuelve, sin que uno lo note, el idioma con el que esta película habla de miedo, de amistad, de confianza y sobre todo de valentía. Y eso, contado con este nivel de cuidado y de corazón, es lo que hace que una película con esta precisión científica termine sintiéndose como una carta de amor al cine mismo. La voy a recordar por años. Que Dios bendiga el cine, y que Dios bendiga a Ryan Gosling por darme una razón más para seguirme enamorando de este arte.