Lo peor no es que sea absurda. En una película de atracos uno puede aceptar muchas barbaridades si hay ritmo, carisma, ingenio o al menos esa sensación de juego que hace que te dé igual la lógica. Lo peor es que me pareció tan plana, tan prefabricada y tan sin vida que incluso me dormí en medio. Y eso, en una película que supuestamente quiere ser ligera, rápida y divertida, es casi la peor condena posible. No me enfadó; simplemente me fue apagando.
La premisa podría haber dado para un entretenimiento decente: un grupo de ladrones sofisticados, un golpe imposible, un avión en pleno vuelo, oro, tecnología, engaños, persecuciones y Kevin Hart intentando colocarse en el centro de una comedia de acción internacional. Sobre el papel no hacía falta inventar nada. El género de atracos funciona muchas veces con piezas conocidas, siempre que el mecanismo tenga gracia. El problema es que aquí todo parece copiado de otras películas, pero sin el encanto, la elegancia ni la energía que justifican el reciclaje.
Desde el principio se nota esa sensación de producto de plataforma fabricado por algoritmo. Hay localizaciones vistosas, caras conocidas, música que intenta empujar escenas sin fuerza, diálogos explicativos y un equipo de personajes definidos por una habilidad concreta. El piloto, la hacker, el experto en disfraces, el jefe encantador, la agente que tuvo una historia con él, el malo de turno. Todo está colocado en su casilla correspondiente, pero casi nada respira. No parecen personas ni siquiera dentro del artificio del género; parecen funciones esperando su turno.
Kevin Hart me parece uno de los grandes problemas. No digo que no pueda funcionar en acción o en comedia, pero aquí no logra vender ni el aura de ladrón elegante ni el carisma de líder irresistible. La película necesita que creamos que su personaje es brillante, seductor, peligroso, ingenioso y capaz de llevar un golpe enorme sin despeinarse. Y yo no lo compré casi nunca. Tampoco ayuda que el humor sea tan flojo. No hay verdadera chispa cómica, no hay bromas que levanten la escena, no hay química suficiente para que el conjunto parezca más simpático de lo que es.
El reparto, en general, está desaprovechado. Hay actores con presencia, pero la película los usa como decoración de lujo para un mecanismo bastante pobre. Gugu Mbatha-Raw intenta dar algo de seriedad y tensión romántica, pero su personaje queda atrapado entre la policía competente y el antiguo interés amoroso de manual. Jean Reno aparece como villano, pero sin amenaza real. Úrsula Corberó, Billy Magnussen, Sam Worthington y compañía entran y salen cumpliendo etiquetas más que construyendo personajes. Es el típico reparto que debería aportar sabor y termina pareciendo una lista de ingredientes sin plato.
La acción tampoco salva nada. Hay movimiento, vuelos, coches, tecnología, golpes calculados y momentos que buscan espectacularidad, pero casi todo resulta impersonal. Las escenas no tienen peso físico ni imaginación visual suficiente. Se nota que quieren sonar a gran atraco moderno, con un poco de "equipo cool", un poco de lujo, un poco de peligro y un poco de humor, pero la mezcla sale sorprendentemente insípida. Incluso cuando pasan cosas enormes, la película las presenta con una falta de tensión desesperante.
Lo más grave es que no hay placer en el robo. En las buenas películas de atracos, el espectador disfruta viendo cómo encajan las piezas, cómo una trampa esconde otra, cómo una solución imposible se vuelve elegante. Aquí el plan avanza porque el guion dice que avanza. Las complicaciones no sorprenden, las soluciones no maravillan y los giros no producen esa sonrisa de "me la han colado". Todo parece una maqueta brillante pero hueca. Mucho barniz, poca inteligencia real.
Entiendo que alguien pueda verla como entretenimiento de fondo, de esos que pones una noche sin pedir nada y olvidas al día siguiente. Pero incluso para eso me pareció pobre. No tiene la simpatía suficiente para compensar sus tópicos ni la espectacularidad necesaria para tapar su vacío. Es una de esas películas que quieren ser fáciles, pero confunden facilidad con pereza. Quieren ser ligeras, pero acaban siendo irrelevantes. Quieren parecer caras, pero transmiten una pobreza creativa bastante evidente.
Al final, me pareció mala y aburrida, que es una combinación difícil de perdonar en un producto hecho precisamente para entretener sin complicaciones. No es un desastre grotesco ni una película indignante; es peor en cierto sentido: es olvidable, blanda, plana y tan mecánica que ni siquiera su absurdo resulta divertido. Si una película de atracos consigue que te duermas, algo ha fallado de raíz. No me robó el oro, claro. Me robó el tiempo, la atención y las ganas de seguir despierto.