Me gustó más que la primera porque corrige justo lo que peor llevaba aquella: la solemnidad. La de 2021 parecía empeñada en construir una mitología seria alrededor de algo que pedía sangre, golpes, frases tontas, postureo macarra y diversión sin demasiada vergüenza. Esta sigue siendo limitada, pero entiende mejor qué demonios es Mortal Kombat.
La clave es Karl Urban como Johnny Cage. En cuanto entra, la película respira de otra manera. No la convierte en una maravilla, pero mete el humor que faltaba: chulería, autoparodia, frases de actor venido a menos, ego ridículo y la sensación de que alguien por fin sabe que esto no debe jugarse con cara de tragedia shakesperiana. Urban no está sutil, claro, pero tampoco se lo pide nadie. Está para levantar la función, y lo consigue.
Johnny Cage funciona además como sustituto natural del protagonista gris de la anterior. Cole Young era el gran problema: un personaje nuevo, soso y sin carisma colocado en medio de una franquicia llena de luchadores mucho más reconocibles. Aquí, aunque Cole siga por ahí, el centro de energía cambia. Johnny es bocazas, hortera, vanidoso y muy agradecido de ver. Justo lo que necesitaba la saga para no parecer una ceremonia fúnebre con fatalities.
La película también gana porque por fin hay más sensación de torneo. En la primera todo era preparación, marcas, elegidos, entrenamiento y promesas de algo que no terminaba de llegar. Aquí se nota más el videojuego: combates, enfrentamientos, personajes entrando y saliendo, poderes, rivalidades y una estructura más directa. No es que el guion sea bueno, pero al menos deja de estorbar tanto.
Las peleas son más disfrutables. Hay sangre, golpes, criaturas, efectos y muertes pensadas para que el fan sonría. No todas tienen la misma fuerza y algunas se olvidan rápido, pero la película se entrega más al espectáculo. Cuando abraza lo bruto, lo exagerado y lo ridículamente violento, funciona mejor que cuando intenta explicar demasiadas cosas.
Me sigue pareciendo una película bastante tonta, pero ahora lo es con más alegría. Y eso cambia mucho. Mortal Kombat no necesita fingir profundidad; necesita actitud, ritmo, personajes reconocibles y una falta total de miedo al exceso. Esta secuela se acerca más a eso. Tiene más color, más descaro, más chistes y más conciencia de su propia tontería.
También agradecí que los secundarios parezcan algo más vivos. Kitana, Sonya, Jax, Liu Kang, Raiden, Scorpion, Sub-Zero y compañía siguen siendo más iconos de selección de personaje que criaturas dramáticas profundas, pero aquí eso molesta menos. Son muñecos de combate con carisma visual, y con eso basta bastante.
La parte fan-service está muy presente, a veces demasiado, pero tiene sentido. Mortal Kombat vive de que aparezca ese personaje, ese golpe, esa frase, ese fatality. Si la película no ofrece eso, no ofrece casi nada. La diferencia es que aquí el guiño suele venir acompañado de más energía y menos cara de importancia que en la anterior.
El problema es que, aunque mejora, tampoco deja de ser una adaptación irregular. El guion sigue siendo flojo, los diálogos a veces son de piedra y hay tramos montados solo para colocar la siguiente referencia. La película funciona por acumulación de momentos, no porque tenga una historia sólida. Cuando no está Urban, o cuando no hay pelea, se le ven bastante las costuras.
Visualmente tiene planos resultones, violencia divertida y alguna imagen potente, pero sigue faltando una verdadera imaginación cinematográfica. No basta con poner sangre y poderes en pantalla; hace falta convertirlos en algo memorable. Y ahí mejora respecto a la primera, sí, pero no se convierte en una gran película de acción.
Aun así, esta vez me dio menos pereza. La primera me parecía una parida de peleas que se tomaba demasiado en serio. Esta sigue siendo una parida de peleas, pero una parida más consciente, más gamberra y más llevadera. No le pido a Mortal Kombat que sea fina; le pido que no se avergüence de ser brutal, hortera y divertida.
Lo de Karl Urban es lo que más recordaría. Su Johnny Cage entra como si viniera a decirle a la película: “relájate, que esto va de darse hostias con estilo”. Y tiene razón. Cada vez que aparece, el tono se corrige. No salva todos los problemas, pero sí tapa el agujero más grande de la anterior: la falta de carisma y de humor.
Al final, me queda como una secuela claramente superior, entretenida, sangrienta y bastante más simpática. No es buena en el sentido serio del término, ni lo necesita del todo. Tiene fallos, torpezas y mucho ruido, pero también más torneo, más cachondeo, más espectáculo y un Johnny Cage que entiende la película mejor que casi todos los demás. Para mí sube bastante respecto a la primera: no es un fatality perfecto, pero al menos esta vez sí hay kombate con gracia.