Me gustó. No me dejó destrozado como aquellas películas que se te quedan pegadas a la vida, como Dancer in the Dark en aquella época, pero sí me pareció un drama familiar muy bueno, elegante y con un cierre que funciona de verdad. Joachim Trier vuelve a moverse en un terreno que le va muy bien: personas heridas, vínculos familiares torcidos, silencios acumulados durante años y esa mezcla de inteligencia, tristeza y humor que evita que todo caiga en el dramón impostado.
Lo que más me interesó es que la película no trata solo de un padre y sus hijas, sino de todo lo que una familia deja sin decir. Hay reproches, abandono, orgullo, culpa, necesidad de reconocimiento y una imposibilidad muy humana de pedir perdón en el momento exacto. La relación entre Gustav y Nora tiene algo doloroso porque no se basa en un gran estallido, sino en una acumulación de pequeñas ausencias. Él vuelve con una película, con una casa, con un papel escrito para ella, pero llega tarde a demasiadas cosas.
Renate Reinsve está estupenda. Ya me gustaba mucho desde La peor persona del mundo, y aquí vuelve a tener esa capacidad de estar rota sin subrayarlo todo. Nora es actriz, hija, hermana y mujer adulta intentando no volver a ser la niña que esperaba algo de su padre. Su dolor no es teatral aunque esté rodeado de teatro y cine; sale más por los gestos, por la resistencia, por esa mezcla de rabia y deseo de ser vista que arrastra durante toda la película.
Stellan Skarsgård también está magnífico, porque Gustav podría haber sido simplemente el padre egoísta, artista, ausente y manipulador, pero él le da una humanidad incómoda. No lo absuelve, pero tampoco lo convierte en monstruo. Es un hombre que ha usado el cine para acercarse a los demás y para esconderse de ellos al mismo tiempo. Eso me parece una de las ideas más bonitas y más tristes de la película: el arte como puente, pero también como coartada.
La hermana, Agnes, aporta algo fundamental. La película no se queda solo en el choque padre-hija más intenso, sino que muestra otra forma de haber sobrevivido a la misma familia. Ella parece más estable, más práctica, más colocada en la vida, pero también arrastra sus huecos. Esa diferencia entre las dos hermanas hace que la historia respire mejor y que no todo dependa de una única herida.
Elle Fanning me parece interesante dentro del mecanismo, aunque también entiendo a quien piense que su personaje puede desplazar un poco el centro emocional. Su presencia como actriz estadounidense que ocupa el lugar que Nora no quiere o no puede ocupar sirve para hablar de sustitución, de mercado, de deseo de reconocimiento y de cómo el cine puede apropiarse de dolores ajenos. A ratos funciona muy bien; a ratos quizá se nota más como pieza de guion.
La casa es casi otro personaje. No solo por su valor sentimental literal, sino porque guarda capas de memoria, fantasmas familiares, infancia, cine, enfermedad y fracaso. Me gustó mucho esa idea de que los espacios no son neutros: uno vuelve a una casa y vuelve también a lo que fue allí, a lo que no se dijo, a lo que se rompió y a lo que todavía puede doler. Trier sabe filmar esos lugares como si estuvieran cargados de vida anterior.
También agradecí que la película tenga humor y ligereza dentro del dolor. Podía haber sido un dramón nórdico muy solemne, de esos que parecen pedirte reverencia en cada plano, pero no cae del todo en eso. Hay momentos de ironía, de torpeza humana, de conversaciones que respiran, de personajes que no son solo víctimas de su trauma. Eso la hace más cercana y más viva.
No me parece perfecta. En algún tramo se nota muy preparada para ser una gran película de prestigio: familia rota, padre cineasta, hermanas heridas, casa simbólica, actriz extranjera, cine dentro del cine, emociones que van subiendo con mucha precisión. Todo está tan bien colocado que a veces se ve un poco la arquitectura. No me molesta demasiado, porque la emoción acaba llegando, pero sí impide que la vea como una obra absolutamente espontánea.
Lo mejor es que el cierre no fuerza una reconciliación barata. Tiene un final bien, como ya comenté: no porque arregle mágicamente toda una vida, sino porque encuentra una forma honesta de dejar respirar a los personajes. No hace falta que todo quede limpio para que haya algo parecido a una reparación. A veces basta con que alguien mire de frente lo que evitaba mirar, o con que una imagen, una escena o una casa permitan decir lo que las palabras no supieron.
Al final, me queda como una película muy buena, madura, sensible y bastante emocionante. No me rompió como las grandes tragedias que uno recuerda toda la vida, pero sí me tocó por cómo habla de padres, hijas, hermanas, arte, memoria y heridas heredadas. Es elegante sin ser fría, dolorosa sin ser machacona y muy bien interpretada. Quizá no la pondría en el altar máximo, pero sí entre esos dramas familiares que se quedan dentro con suavidad y peso.