A 57 Seconds se le ve la idea desde lejos: un artefacto que rebobina menos de un minuto y un protagonista tentado a usarlo para arreglar la vida a base de intentos. Como punto de partida funciona: es sencillo, directo, casi juguetón. El problema es que la película se queda ahí, en el truco, sin exprimirlo del todo ni tomar riesgos.
Josh Hutcherson aporta nervio y cierta torpeza entrañable; Morgan Freeman cumple con esa autoridad tranquila que te compra cualquier exposición. La química está, la puesta en escena es limpia y el ritmo no decae, pero todo avanza sobre raíles conocidos. Cuando amaga con ponerse incómoda —ética, poder, responsabilidad—, levanta el pie.
El dispositivo de los “57 segundos” da para momentos curiosos y algún chispazo de ingenio. Aun así, la película prefiere el camino fácil: repetir, corregir y seguir. Falta esa sensación de consecuencia real, de “cada decisión pesa”, que convierte un high-concept en algo memorable. Aquí todo es disfrutable… y olvidable a la misma velocidad.
Se agradece que no se enrede con tecnicismos y vaya al grano. También que tenga un pulso de serie B sin complejos: entra, entretiene y no molesta. Pero cuando asoma el discurso contra los gigantes farmacéuticos o la tentación de reescribir la propia vida, la película se queda en titular.
Al final, 57 Seconds es eso que pones una noche y no te enfada: ligera, simpática por momentos, un poco lista de más en otros. Si vas con el modo “pasar el rato”, cumple. Si buscas algo que retuerza el cerebro o el corazón, te sabrá a poco.