El '50 sombras de Grey' de los 80.
'9 semanas y media' provoca una acumulación de sensaciones y curiosamente ninguna juega a su favor. No es tanto que incomode -eso podría ser un mérito- como una que agote. Desde sus primeros momentos se instala una sensación de reiteración. Todo parece girar sobre su propio eje, como si el film confundiera insistencia con profundidad.
La película apuesta por una erótica insistente y agotadora, casi asfixiante, que no deja espacio para que el deseo respire ni evolucione. El sexo se presenta como el lenguaje, el idioma, el vínculo, incluso como forma de amor -una idea válida y defendible-, pero aquí se impone con una tosquedad difícil de digerir. No hay progresión real: el acercamiento, la entrega y la dependencia parecen suceder automática, sin una construcción emocional que los sostenga. Lo que me sugiere personalmente un salto de guion narrativo exageradamente grande, aunque claro que es importante tener en cuenta que no sería la idea principal del filme. Sin embargo, más que descubrir una relación, el espectador siente que se le exige aceptarla.
El primer tramo resulta especialmente arduo. El ritmo es acelerado pero no estimulante; todo ocurre demasiado rápido. La ausencia de contexto específico del personaje interpretado por Kim Basinger podría entenderse como una estrategia -conocerla al mismo tiempo que el otro personaje, interpretado por Mickey Rourke-, pero el montaje no logra que esa elección sea efectiva, al menos a nivel personal. La forma no acompaña al fondo, y la narrativa nunca termina de encontrar una cadencia que resulta orgánica.
Uno de los únicos aspectos solventes es en lo puramente audiovisual. Adrian Lyne demuestra oficio al traducir un material pesado en algo, al menos, formalmente digerible. La fotografía, sin deslumbrar, funciona; el uso de las luces y sombras aporta textura y atmósfera, aunque refuerza todavía más un erotismo que ya resulta excesivo desde muy pronto. Los escenarios, sobrios hasta la extenuación, se integran en la propuesta narrativa pero acaban siendo opresivos y confusos, como espacios sin identidad más allá de su función simbólica.
La música, en cambio, emerge de buena manera. La selección y la composición musical elevan escenas que, de otro modo, resultarían aún más planas (a pesar de ser intensas hasta el forzamiento). Es el único apartado que se disfruta de forma sostenida, aportando una emocionalidad que la puesta en escena y el guion no consiguen transmitir por sí solos.
Kim Basinger ofrece un trabajo interpretativo preciso y convincente. Una actuación afilada, consciente de lo que debe comunicar y cómo hacerlo, dotando al personaje de una vulnerabilidad creíble. Mickey Rourke, por el contrario, se diluye en la rigidez y el artificie, que no ayuda a matizar un personaje ya de por sí cargado de condescendencia y desequilibrio. Más que inquietante, resulta cansino y aburrido.
Algunas escenas funcionan, incluso son interesantes, pero son excepciones dentro de un conjunto que se percibe desagradable y agotador. '9 semanas y media' no seduce ni al principio ni al final; no por falta de provocación, sino por ausencia de sustancia. Y cuando el desenlace llega, la sensación dominante no es de reflexión, sino de alivio: el de haber salido, por fin, de un bucle que no llevaba a ninguna parte.