Iván pasa sus días trabajando en un inmenso invernadero en las afueras de la ciudad, un lugar húmedo y luminoso donde el tiempo parece suspendido entre el crecimiento lento de las plantas y la rutina silenciosa de quienes las cuidan. Allí conoce a Hadoum, una trabajadora reservada y meticulosa, cuya calma contrasta con la ansiedad constante de Iván por avanzar, por convertirse en alguien más que otro empleado temporal. Entonces, nace entre ellos el amor, como un refugio frente a la precariedad y el anonimato. Cuando Iván descubre que la empresa planea una reestructuración interna y que existe la posibilidad de un ascenso a supervisor -un puesto estable, mejor pagado y con reconocimiento- comienza a ver, por primera vez, un futuro claro para sí mismo. Pero el ascenso no es neutral: implica asumir responsabilidades sobre sus propios compañeros, adoptar las normas implícitas de la empresa y, sobre todo, guardar silencio ante ciertas prácticas que siempre había preferido ignorar.
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